lunes 27 de julio de 2026 - Edición Nº2791

Opinión | 28 jul 2026

COLUMNA DE OPINION

La Argentina, el Mundial y las denuncias de racismo: ”Los negros somos nosotros”

El ataque a la Selección Argentina por supuestas actitudes antideportivas se combinó con acusaciones de racismo y otras yerbas contra el país, que reaccionó como pudo. La conciencia nacional se reactiva por el tema Malvinas, pero los bordes porosos del nacionalismo terminan embarrando el debate. Cómo reaccionar ante un debate incómodo.


Por: Diego Lanese

Cuando los jugadores desplegaron esa bandera, donde se expresaba un sentimiento tan nacional como el de “las Malvinas son argentinas”, algo de terminó de fundir.

En la previa al Mundial de Fútbol, algunas declaraciones inconvenientes, la foto de Lionel Messi con Donald  Trump y la ausencia de pronunciamientos sobre la realidad del país abrió una brecha con una parte de la sociedad. Incluso algunos volvieron a hablar de “desclasados y millonarios”, y con cierto desdén progresista jugaron no alentar al equipo.

Esa bandera cerró la grieta, y todos de alguna manera nos abrazamos al gesto rebelde. Luego llegó la final, la avalancha de críticas y una derrota con más bronca por la impotencia por la superioridad española que por cualquier idea conspirativa. Pero la frutilla del anti postre” fue el aluvión de ataques a la “argentinidad”, las acusaciones de racismo y una soberanía que se puso en discusión.

Allí reaccionamos como pudimos, un debate que va más allá de las razones por las que no hay afroamericanos en nuestro fútbol o si discriminamos en la vida diaria. La pregunta que sobrevuela es en este barrial se juega algo de nuestra identidad nacional. O dicho de otra manera, por qué en cada mundial jugamos mucho más que al fútbol.

La primera respuesta puede darse desde la psicología. En los 70, se acuñó el término “BIRGing”, un derivado de “basking in reflected glory”, o “regodearse en la gloria ajena” para entender cómo los triunfos deportivos se vuelven colectivos.

Fue el psicólogo social Robert Cialdini quien describió en 1976 este fenómeno a partir de sus experimentos originales con estudiantes universitarios, donde comprobó que después de una victoria del equipo de fútbol americano de la universidad, los alumnos usaban más ropa con los colores institucionales y hablaban del resultado en primera persona del plural (“ganamos”); después de una derrota, la identificación pública caía de forma notoria y el relato pasaba a la tercera persona (“perdieron”).

Estudios posteriores mostraron que el fenómeno tiene correlato fisiológico: la testosterona de los hinchas varones sube cuando su equipo gana y baja cuando pierde, “como si el cuerpo no distinguiera del todo entre la propia actuación y la ajena”. Lo importante para nuestro argumento es que el mecanismo funciona en un solo sentido: nos apropiamos del triunfo, pero nos desligamos del fracaso.

Esa asimetría es la materia prima de la narrativa triunfalista: el relato colectivo se activa exactamente cuando conviene, y se apaga cuando no.

La construcción de esta unidad, incluso asimétrica, es la que da inicio a lo que esquemáticamente podemos llamar identidad nacional. Pero existe una advertencia, realizada por el historiador Eric Hobsbawm, en una obra junto a Terence Ranger donde mostró que buena parte de lo que hoy sentimos como una identidad nacional “de toda la vida” fue en realidad construida deliberadamente en un período histórico acotado, generalmente entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.

El deporte de masas, y el fútbol en particular, fue uno de los instrumentos centrales de esa construcción, según su razonamiento: los Estados-Nación modernos “necesitaban rituales compartidos, y la final de copa o el partido de la selección cumplieron esa función tanto en Europa como, más tarde, en cualquier país que adoptara el modelo de nación moderna”. Esto explica por qué el fenómeno no es exclusivo de ningún país: “no es que el fútbol conecte de manera espontánea con el sentimiento de pertenencia, sino que fue construido históricamente para operar así”.

En un artículo publicado en la revista La Nueva República en 1962, Arturo Jauretche sostiene al respecto que “el deporte es una herramienta fundamental para la formación de la conciencia nacional y la defensa de la soberanía”. También advierte que el deporte “puede ser utilizado como un instrumento de manipulación y control”. Las imágenes de la Copa del Mundo de 1934, con Benito Musolini alzando el trofeo que los jugadores italianos ganaron, confirma esta idea.

Una vez hecho “nuestro”, el fútbol se volvió una parte insustituible de la identidad nacional. “El deporte es una de las formas más efectivas de educación física y moral de la juventud. Es un medio de formar hombres sanos, fuertes y disciplinados, capaces de defender la soberanía nacional y de trabajar por el progreso y la grandeza de la Patria”, sostuvo en un discurso realizado en la cancha de River Plate Juan domingo Perón.

La Argentina ha sido tradicionalmente un país con un gran talento y pasión por el fútbol, lo que ha permitido que el país produzca algunos de los mejores jugadores del mundo. El sistema de formación de jugadores en Argentina ha sido históricamente fuerte, con clubes, asociaciones, escuelas y academias que han producido jugadores de alta calidad.

Sin embargo, la falta de recursos económicos ha sido un obstáculo, especialmente en cuanto a la infraestructura y la inversión en la formación de jugadores. Como en la economía, el país se volvió un exportador de materia prima.

Si el deporte y el fútbol aporta a la identidad nacional, en él se reflejan sus grandezas, y sus bajezas, como el racismo. Allí aparece la polémica que envolvió al equipo nacional, sobre la ausencia de afroamericanos entre sus filas. Sol Duarte, activista antirracista y miembro de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR) recuerda que además de la ancestría que llega a esclavos de tiempos coloniales, hay otros grupos de afrodescendientes en el país. Las comunidades caboverdianas están presentes desde el siglo XIX, así como en la década de 1990 llegaron desde Senegal y Nigeria.

“Están hace más de 30 años, hay hijos, nietos. Hay nuevas camadas de afroargentinos”, apunta Miriam Gomes, educadora afroargentina de origen caboverdiano, activista por los derechos de las personas afrodescendientes. ​​“La presencia negra en Argentina es innegable –señala Gomes–. Hay municipios, como La Matanza, con mucha población negra. Y hay provincias, como Santiago del Estero, con pueblos que se reconocen como descendientes de esclavizados del litoral. El problema es a quién consideramos negro”, comparte.

¿EI entonces, quiénes son los negros? Una respuesta posible se dio hace unos años, cuando el campeón de pesos pesados Mohammed  Alí visitó la Argentina. Allí tuvo una reunión surrealista con la cúpula de la UOM, y comió un asado con José Ignacio Rucci.

El encuentro está lleno de fantasías, de versiones poco documentadas y de una narrativa que roza lo literario. Pero tal vez el mito más grande está en un supuesto diálogo entre el propio Rucci y el boxeador, cuando unían Atlanta con Lanús en un auto de la UOM, para ir comer. Según muchos testimonios, Ali preguntó “dónde están los negros”, al referirse a la ausencia de afroamericanos en las calles. Y el dirigente sindical le contestó: “Acá, los negros somos nosotros”.

El escritor Juan Stanisci ficcionaliza una parte del asado que se vincula con esta idea. “Le cuentan sobre el posible retorno de Perón. Sobre los fusilamientos de José León Suárez y la proscripción”, comienza en su texto. “Ali escucha concentrado sobre la resistencia peronista. Sonríe cuando le cuentan que una de las formas de llamar a los peronistas es ‘cabecitas negras’. ‘I’m a black head’, dice y muestra los dientes blancos. Todos celebran la ocurrencia y vuelven a cantar la marcha. Sin llegar al silencio, de una de las mesas empiezan a gritar: ‘Ali y Perón, un solo corazón’. Gritan todos juntos al unísono”, se recrea.

Ese “nosotros” de Rucci puede entenderse como los peronistas, o incluso como los trabajadores. O esos pibes que cargados de sueños llegan cada día a los clubes de barrios de los rincones más lejanos del país. Esos pibes que ahora, subcampeones del Mundo, deben explicar por qué no en la Argentina hay (o no) racismo.

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