Al presidente Javier Milei se le escapó, una vez más, una frase que cuesta saber si fue pronunciada con buena o mala fe, al afirmar que "lo único que tenemos es dulce de leche y birome". Más allá de la chicana, esa expresión esconde una mirada profunda sobre el país: una mirada que desprecia el trabajo, la industria y la historia de quienes hicieron grande a la Argentina.
Reducirnos a dos productos de consumo es borrar de un plumazo más de 80 años de desarrollo industrial. Es olvidar que, entre 1945 y 1975, la Argentina fue uno de los pocos países del mundo que logró un proceso genuino de industrialización por sustitución de importaciones.
Fueron tiempos de SIAM, ELMA, los tractores Pampa, la industria naval, YPF y los laboratorios nacionales, entre tantos otros emblemas. Fue cuando pasamos de vender solamente cuero y carne a fabricar heladeras, autos, aviones y medicamentos.
Esa industria no nació por casualidad. Nació de una decisión política: que el Estado protegiera el trabajo argentino, que el crédito estuviera destinado a las pymes y que el salario alcanzara para consumir lo que se producía en el país. Y funcionó. Llegamos a tener cerca del 50 % del empleo vinculado a la industria. Tuvimos una amplia clase media, movilidad social ascendente y una burguesía nacional.
Después vinieron las dictaduras, el neoliberalismo de los años noventa, con las privatizaciones y la apertura indiscriminada de las importaciones, y la crisis de 2001. Siempre con la excusa de "achicar el Estado", terminaron destruyendo la industria, cerrando fábricas y dejando un país cada vez más endeudado. En cambio, cada vez que se apostó por la producción nacional y la soberanía productiva, la Argentina volvió a ponerse de pie y retomó el camino del desarrollo.
Hoy estamos viviendo la versión 2024-2026 de esa misma película. El cierre de pymes por la caída del consumo, las tarifas dolarizadas que funden a la metalúrgica de barrio, las importaciones sin control que compiten de manera desleal con el producto argentino y los despidos en los sectores textil, del calzado, autopartista y de línea blanca son parte de una misma realidad. No es "libertad de mercado". Es la destrucción planificada de la matriz productiva.
Un país sin industria es un país sin futuro. Es un país que deja a las nuevas generaciones sometidas a la incertidumbre y al desamparo. Es un país que exporta soja y compra todo lo demás. Es un país dependiente, con empleos precarios y sin tecnología propia.
El dulce de leche y la birome son símbolos del ingenio argentino, sí. Pero también lo son el ARSAT, el INVAP, los respiradores que fabricamos durante la pandemia, los medicamentos genéricos y la maquinaria agrícola. Tenemos con qué.
Lo que falta no es "menos Estado". Lo que falta es un proyecto nacional que entienda que la soberanía también se defiende en la fábrica, en el astillero y en el laboratorio. Porque sin industria no hay patria.
Negar esa realidad es condenarnos a ser un país cada vez más dependiente de los intereses y los caprichos de otras naciones.