Porque fuimos sus fieles seremos sus custodios /unidos por la fuerza vital de su memoria. /Porque somos su Pueblo seremos su milicia, /hasta que rompa el alba de la nueva victoria. Oda a Perón, 1974.
Dice el periodista Eduardo Barcelona que aquel 12 de junio de 1974, cuando el entonces presidente de la Nación Juan Domingo Perón habló por última vez al país, hico una fuerte definición denunciando “presiones del "imperialismo”, y más tarde dejó dos frases inmortales para la historia: “la más maravillosa música” y “mi único heredero es el pueblo”. Visto así, casi un mes antes de su muerte, Perón mantenía su clara vocación de unidad nacional y su interés por sostener al justicialismo como columna vertebral del movimiento. Juan Domingo Perón fue eso y mucho más. Fue tres veces presidente, cambiando para siempre la historia del país. Fue el líder más importante de un país construido en base a liderazgos, y formó (y forjó) la fuerza que toda vía hoy articula y modera la política nacional. Si su nacimiento se dio al calor de las masas en una calurosa tarde de octubre, su final fue en los convulsionados 70, cuando el fuego de la militancia quemaba y estaba todo a punto de pasar. El largo exilio de 18 años volvió a Perón “un león herbívoro” pero que mantenía su capacidad de dirigir. Hasta el último suspiro intentó sostener esa idea, hasta que el 1º de julio de 1974 su maltratado cuerpo dijo basta.
Desde su vuelta al país, para ganar las elecciones de 1973 y así encabezar su tercera presidencia, la salud de Juan Domingo Perón fue un tema de estado. Los casi 80 años de edad hacían mella en el general, que más que nunca encarnaba su figura retórica más feliz: el león herbívoro. Como bien relata Felipe Pigna en su libros "Mitos de la historia argentina", en el último mes de vida el ex presidente parece haber dejado mensajes a sus seguidores, ante la inminencia de su muerte, mensajes que hablan de alguna maneja de lo que se veía una vez muerto el líder. Así lo relata el historiados: "en sus probables últimos días de lucidez, Perón se sintió en la necesidad de alertar a sus seguidores sobre la pesada herencia que les dejaban. En la tarde del 12 de junio de 1974, antes de despedirse de su pueblo, advirtió sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social y el desabastecimiento, y aconsejó a la militancia que se mantuviera vigilante de 'las circunstancias que puedan producirse'. Dijo: 'Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin influenciarnos ni por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda. El gobierno del pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos'. Y terminó con un tono inconfundible de despedida: 'Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino'".
Es que desde su vuelta del exilio, al delicado equilibrio entre izquierda y derecha debió agregarle la tarea de lidiar con su propio cuerpo. Según Carlos Seara, uno de los médicos que atendió al presidente en sus últimas semanas de vida, Perón llegó de España con un cuadro médico complicado: incipiente cáncer de próstata, pólipos, enfisema de pulmón, leve insuficiencia renal y una grave lesión cardíaca. Ante esta situación, la salud de Perón fue tema de Estado, donde sólo su mujer y en especial el influyente ministro José López Rega tenían contacto directo con el general. Una semana antes de su muerto, casi nadie pudo verlo. No hacía actividad y apenas tenía contacto con la realidad. En sus últimas horas, entre médicos y enfermeras, fueron de paz, pero también de aislamiento. Sus últimas palabras, recogidas por la enfermera Norma Baylon, fueron "esto se acabó", mientras los médicos trataban de recuperar el ritmo de su viejo corazón y López Rega caminaba alrededor de la cama repartiendo humo de incienso y rezando por "el faraón".
"Dolor. El General Perón, figura central de la política argentina de los últimos treinta años, murió ayer a las 13,15 horas. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional". Así tituló el diario Noticias la muerte del general, palabras inmortalizadas por Rodolfo Walsh, quien dirigía la publicación financiada por el grupo Montoneros. Apenas conocida la noticias, el país se silenció. Hubo grandes muestras de dolor, y por todo el mundo la noticia generó estupor.
Un día después, el diario La Razón escribía: "crespones en las banderas y luto en los corazones encontró hoy el nuevo día al asomarse a Buenos Aires. En nuestra ciudad, caja de resonancia del dolor de todo el país, comenzaron desde temprano a verse grupos compactos de personas que se dirigían hacia Plaza de Mayo y plaza Congreso, lugares de cita popular, donde horas más tarde pasaría el cortejo fúnebre con los despojos mortales del extinto presidente de la República, teniente general Juan Domingo Perón". El velorio su una muestra de dolor de colectivo pocas veces vista. A diferencia de otras muertes, como la de Eva Duarte, que conmocionaron de manera trágica a la gente, en este caso lo que había era congoja. El país quedaba huérfano, el padre se iba, viejo y cansado, y más que dolor había miedo. Por dar los primeros pasos solos.
El féretro de Perón fue llevado a pulso desde el interior del chalet hasta el coche fúnebre que esperaba frente a la puerta del edificio y que estaba cubierto con una bandera argentina. En la cabecera marchaba la presidente de la Nación, María Estela Martínez de Perón. La caravana partió a la Catedral. Durante el recorrido, recuerda la prensa de esos días, "el pueblo cubrió las calles".
Si como bien afirmó John William Cooke el peronismo fue "el hecho maldito del país burgués", está claro que después del Cordobazo y las primeras acciones guerrilleras, el establishment y la oligarquía lo provocó para que regresara, en la convicción "que no le daría el cuero", y que sería figura de conciliación. Dos contradicciones que explotaron por los aires luego de su muerte. Como bien dice Hugo Presman, "muchos sectores de clase media, en el período 1945-1955 lo combatieron por fascista. Y los hijos de muchos de aquellos antiperonistas lo apoyaron de 1968 en adelante por socialista. Perón no fue ni una cosa ni la otra".
Entonces qué fue Perón, ese Perón que moría un 1º de julio de 1974. contesta el mismo Presman: "fue un líder bonapartista, representante de una burguesía nacional débil y precaria, que comprendió la necesidad de un mercado interno vigoroso, para lo cual era necesaria una clase obrera con importante participación en el ingreso nacional, es decir, con un nivel de vida inédito hasta entonces, y nunca superado con posterioridad. Fue un caudillo nacionalista que comprendió la importancia del desarrollo de una política industrial en el marco de una visión latinoamericana y de una política exterior alejada de los dos polos de poder de la época".
Su muerte dejó al descubierto las tensiones dentro del peronismo, que había ganado sustento por derecha y por izquierda, quizá alimentados por esa confusión de la que habla Presman. La puja que había comenzado casi un año atrás en Ezeiza se definía en aquella nublada mañana del 1º de julio de 1974. Las consecuencias no se hicieron esperar: 30 días después, un 31 de julio, la casi oficial Agencia Argentina Anticomunista (la temible Triple A de López Rega) asesinaba a balazos al diputado Rodolfo Ortega Peña, luchador de los derechos humanos y primer abogado defensor de presos políticos.
En tanto, Barcelona reconoce que “a la muerte de Perón, el país ingresó en una etapa oscura y convulsionada que se prolongó y agravó con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que derrocó al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, la tercera esposa”. “Los argentinos recuerdan el período, que se inicia con el fallecimiento del fundador del justicialismo y concluye con la recuperación de la democracia hacia finales de 1983, como el más trágico de los 200 años de historia, que entre otras huellas imborrables provocó la desaparición de 30 mil personas, la tortura y asesinato de muchos luchadores argentinos, por el sólo hecho de no pensar como la dictadura cívico-militar”, concluye el periodista.