Hay una frase atribuida a Voltaire que expresa: “No estoy de acuerdo con lo que piensas, pero doy mi vida por tu derecho a decirlo”. Esta clase de máximas parecen no estar en los libros de Javier Milei, que es afecto a quemar nóminas como las de los periodistas acreditados a la Casa de Gobierno. Su grotesco slogan de batalla (Viva la libertad carajo), ahora flamea a media asta, hecho pedazos.
Es grave institucionalmente prohibir a la prensa en democracia, pero quizás lo más grave es descubrir que el Presidente de la Nación no tiene desnuda un presidente débil que además se jacta, conciente o no, de tamaña decisión y eso lleva inevitablemente a la pérdida de respeto internacional.
El Secretario de Prensa de la Presidencia, Javier Lanari, aclaró este jueves que este impedimento obedece a una “denuncia por espionaje” presentada por la Casa Militar. Precisamente, militares, con lo que eso conlleva en la Argentina. Aún, más grave.
No tendría que ser necesario hacer semejante aclaración, pero contra el fanatismo ideológico, quizás sirva informar que la gravedad institucional radica en que el periodismo no es un actor externo al sistema democrático, sino uno de sus mecanismos de control. Limitar su acceso implica debilitar la rendición de cuentas y consolidar una lógica de opacidad. Más aún cuando la medida se inscribe en un patrón más amplio de confrontación del gobierno con los medios, caracterizado por descalificaciones públicas, intentos de disciplinamiento y creciente hostilidad discursiva.
Ya venía dándose una deriva peligrosa cuando los fanáticos seguidores del supuesto libertario levantaban banderas de odio contra el periodismo, como un tuit que reposteó Milei a partir de esta decisión de censura explícita donde pide que se odie aún más a “las basuras” de los periodistas.
La decisión del gobierno de prohibir el acceso de periodistas acreditados a la Casa Rosada marca un punto de inflexión institucional en la Argentina democrática. Bajo el argumento de una supuesta amenaza a la “seguridad nacional”, la administración libertaria deshabilitó el sistema de ingreso por huella digital y cerró la histórica sala de prensa, una medida sin antecedentes incluso en períodos oscuros y sangrientos del país.
Esto incluso provocó que la diputada nacional, ex mileista, Marcela Pagano denunciara penalmente al Presidente de la Nación, y se espera la reacción de todas las fuerzas políticas a la brevedad. Faltará saber, con el correr de las horas, qué costo político tendrá esta arbitraria, inédita y absurda decisión de prohibir la libertad de prensa con la ridícula figura del espionaje. Aun si fuera cierto, calaramente, también muestra la inutilidad de quienes controlan la Rosada de no poder cuidar la seguridad nacional de manera eficiente, clara y profesional.
Pero el trasfondo es eminentemente político. La decisión de blindar la Casa Rosada parece menos vinculada a una cuestión de seguridad que a la dificultad del gobierno para sostener un relato frente a una realidad adversa. La narrativa fundacional de Milei —basada en una épica falsa sobre el antisistema y sintetizada en consignas que son pura cáscara-, está agotada.
En el plano económico, los resultados distan de consolidar el discurso oficial. La caída del consumo, el deterioro de la actividad en sectores clave y la persistencia de problemas estructurales ponen en tensión el programa de ajuste, aun cuando el gobierno logre sostener el superávit fiscal. La promesa de una rápida recuperación no se materializa, y la falta de inversiones significativas limita la llegada de dólares genuinos que respalden ese equilibrio.
A esto se suma el frente político. El “caso Adorni”, con denuncias por presunto enriquecimiento y conflictos éticos, golpea directamente el núcleo de confianza del oficialismo. Pese a ello, Milei ha optado por sostener a su vocero, en una decisión que evidencia más necesidad de lealtad que vocación de transparencia.
En este contexto, el cierre a la prensa aparece como un síntoma antes que como una causa. Un gobierno seguro de su rumbo no necesita restringir preguntas incómodas; por el contrario, las enfrenta y hasta en algunos contados casos, puede refutarlas. Esta evidente incapacidad de hacerlo sugiere una fragilidad política creciente, donde el control del discurso reemplaza al debate público.
La paradoja es evidente: un gobierno que llegó al poder reivindicando la libertad como valor supremo termina restringiendo uno de sus pilares fundamentales. La libertad de prensa no es un accesorio del sistema democrático, sino su condición de posibilidad. Sin ella, lo que se debilita no es solo el periodismo, sino la calidad institucional del país.
Así, la Casa Rosada cerrada a los periodistas se convierte en una metáfora del momento político: un poder que se encierra sobre sí mismo porque ya no puede sostener, hacia afuera, las promesas con las que llegó.
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