domingo 26 de mayo de 2019 - Edición Nº3267

Nación | 7 may 2019

NATALICIO

Evita eterna: en el centenario de su nacimiento Eva Perón sigue generando pasiones inabordables

Bandera para el peronismo en todas sus variantes, la inmortal Evita nacía hace un siglo y cambiaría la historia política y social del país para siempre. De sus humildes inicios al sueño de ser actriz. La noche que todo cambió y la puso para siempre junto a Juan Domingo Perón. Su muerte, el inicio de un capítulo lleno de humillaciones, que no pudo destruir su legado.


“Cuando elegí ser Evita, sé que elegí el camino de mi Pueblo. Nadie sino el Pueblo me llama Evita”.

 

Pocas personas en la historia argentina dividieron tanto las aguas como Eva Duarte de Perón, Evita para los humildes y los trabajadores. Su figura es central en el desarrollo del peronismo, la experiencia política más importante del siglo pasado, y todavía hoy hay amores y odios detrás de ella.

 

Eva Perón fue una mujer de lucha, de convicciones, que se forjó ella misma en un mundo exclusivo de hombres. Fue la mentora fundamental del voto femenino, que llevó a Juan domingo Perón a la reelección. La temprana enfermedad que terminó con su vida fue un golpe al movimiento, que no pudo reemplazar su mirada social y política. Fue odiada por las clases dominantes y el blanco de los más indignantes ataques. “Viva el cáncer”, escrito en alguna pared porteña es la síntesis perfecta del antiperonismo, del odio irracional de una oligarquía que por primera vez en la historia vio peligrar sus beneficios. Y reaccionó de la peor manera.

 

De esos primeros días como actriz de radio a la líder de masas que frente a un Pueblo movilizado renunció a su candidatura pasó un puñado de años, intensos y llenos de historia. Con Perón fueron una síntesis perfecta, fueron el sostén de un movimiento que hoy en día levanta sus banderas con verdades únicas: justicia social, independencia económica y soberanía política.

 

Incluso, luego de su muerte, Evita fue blanco de los ataques de sus opositores, que escribieron uno de los capítulos más indignos, robando su cuerpo y usándolo como botín de guerra. Pero incluso esa humillación sobrevivió, y hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, su recuerdo se vuelve un faro de esperanza para quienes creen que más allá de las personas. Las ideas son inmortales.

 

Al principio, la actriz

 

María Eva Duarte nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Hija menor de Juana Ibarguren y Juan Duarte, fue la menor de cinco hermanos: Elisa, Blanca, Juan y Erminda. En esos años, las dificultades económicas llevaron a la familia a Quiroga, una localidad vecina, para administrar campos. Pero las cosas empeoraron y a los pocos años volvieron a Los Toldos. Desde pequeña, Eva convivió con la política, ya que su padre era un típico “puntero” conservador que había recibido favores del poder, en especial de su jefe político, el intendente Malcom. Pero el radicalismo, de la mano de Hipólito Yrigoyen, comenzaba a renovar los mecanismos de la época y Juan Duarte cayó en desgracia.

 

Su viaje a Buenos Aires se produjo, luego de varios intentos, en 1935. Como sucedió con casi todas las otras etapas de su vida, el mito se mete en la historia y es difícil saber qué es verdad y qué fantasía. Algunas versiones indican que Eva viajó a Buenos Aires apadrinada por Agustín Magaldi -“el Gardel del interior”-, que se presentó ante la madre, a pedido de Eva, para que le permitiera ir a vivir a la Capital Federal. Pero en su libro “Mi hermana Evita”, Erminda Duarte hablaba de “conflicto familiar planteado ante la férrea decisión de Eva de partir a la Capital y la no menos férrea de doña Juana de disuadirla, a la vez que pondera la influencia que ejerciera José Álvarez Rodríguez al aconsejar a la madre no torcer la vocación de los hijos”.

 

Ya en la Capital, Eva conoció la pobreza de cerca, como millones de provincianos que llegaban a la gran ciudad en busca de mejores condiciones y se apiñaban en pensiones de mala muerte, donde convivían con el hambre y la miseria.

 

Más consolidada, partió de gira por el interior con la compañía de Pepita Muñoz, José Franco y Eloy Álvarez, y en diciembre se incorporó a la Compañía de Pablo Suero, que estrenaba en el teatro Corrientes “Los Inocentes”. La vocación de Eva por actuar la llevó a la radio, al cine. En 1944 llegó su gran oportunidad en la pantalla grande, en la película “La Cabalgata del Circo”, de Mario Soffici, donde actuó nada menos que con Hugo del Carril y Libertad Lamarque.

 

Pero la vida de Eva cambiaría al conocer al entonces secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, en esas jornadas de colecta y solidaridad encaradas por el propio Perón para ayudar a la golpeada provincia de San Juan, devastada por un terremoto en enero de 1945 (se estima que aquella vez se destruyó el 90 por ciento de los edificios).

Perón y Eva formalizaron su relación el 9 de julio de ese año, cuando asistieron juntos a una gala en el teatro Colón, dos días después de que el general Edelmiro Farell, entonces presidente de la Nación, lo nombrara su vice.

 

La descamisada

 

Desde un principio, Eva ocupó un lugar destacado junto a Perón. No era la típica mujer de “adorno” que se mostraba en las galas y ponía cara de circunstancia. Ella eligió acompañar a su hombre, estuvo a su lado, no detrás.

 

Luego llegaría el 12 de octubre, la revuelta histórica de los “cabecitas negras” y la candidatura Perón-Quijano. Eva ya era la señora de Perón (se casaron por civil el 22 de octubre de 1945 y por Iglesia el 10 de diciembre). La victoria aplanadora dio paso a una nueva era en el país. La actriz se bajó del escenariopara darle paso a la mujer del Pueblo.

 

Tras la asunción de Perón, Evita se instaló en el cuarto piso del palacio de Correos y Telecomunicaciones, donde comenzó a atender a las delegaciones obreras que solicitaban su intervención para obtener mejoras o su colaboración en la solución deproblemas gremiales. Esta relación con el gremialismo se intensificó hasta 1952 y conformó un sólido basamento de su poder político y un eficaz sostén de su obra.

Pero Evita no era una mujer de escritorio. Quería estar cerca de la gente, de sus “descamisados”, que cada vez en más número se acercaban y le entregaban su amor.

Comenzó entonces incansables giras por el interior del país, llevando obras que realizaba el Gobierno.

 

Pero como tantas veces, lo que no pudo la oposición lo pudo la enfermedad. Ya en enero de 1950, aunque Evita nunca dejó sus actividades, cada vez estaba más débil. No dejó de trabajar, pese a la oposición de Perón. Luego del renunciamiento, ya casi no participaba en actividad alguna. En una nota de la época, el propio Perón recuerda esos años de sufrimiento: “Aquellos días de cama fueron un infierno para Evita. Estaba reducida a su piel, a través de la cual ya se podía ver el blancor de sus huesos. Sus ojos parecían vivos y elocuentes. Se posaban sobre todas las cosas, interrogaban a todos; a veces estaban serenos, a veces me parecían desesperados.”

 

“Eva se mató; siempre le escapó a los médicos, a pesar de las hemorragias, los tobillos hinchados y la fiebre tenaz. Si se hubiera tratado a tiempo, se salvaba: el doctor Ivanissevich tenía razón”, dijo Atilio Renzi, exintendente de la residencia presidencial y secretario privado de Eva Perón, en una nota publicada por la revista Siete Días en 1969. 

 

Según este artículo, la primera señal de alarma fue el desmayo que la sorprendió el sofocante 9 de enero de 1950 (38 grados de calor), cuando inauguraba en el Puerto de Buenos Aires el local del Sindicato de Conductores de Taxis. “¡Operaciones, no!”, ordenó esa misma tarde al ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, su médico personal, pero la persuasión de Perón logró que tres días después se sometiera a una urgente intervención quirúrgica en el Instituto del Diagnóstico.

 

La prensa informó oficialmente que se trataba de un caso de apendicitis, aunque Ivanissevich se animó a sugerir: “No es posible definir las causas de los dolores experimentados por la señora sobre las caderas, en la fosa ilíaca derecha, por lo que aconsejé realizar una histerectomía. Eran los primeros síntomas del mal incurable que Evita se negaba a aceptar.”

 

Su legado

 

Su muerte fue un golpe para el peronismo, que afrontaba por primera vez desde su nacimiento un peligro que varias veces se repetiría a lo largo de la historia: las intentonas golpistas. Sin Evita, Perón se recostó en las Fuerzas Armadas, pese a que su mujer lo había alertado: “Te van a traicionar”, le decía. Mucho se discutió sobre si es verdad que Eva quería armar a la CGT para hacer de los obreros descamisados una milicia que peleara contra sus enemigos.

 

Lo cierto es que sin ella, la caída fue casi inevitable. Pero antes, detrás de sí, dejó su legado, que muchos años después fue especialmente levantado por los sectores juveniles, que bajo la influencia de las luchas armadas latinoamericanas vio en el peronismo un movimiento a seguir, y en Evita un emblema. De toda esa herencia, dos momentos se destacan: el voto femenino y el renunciamiento.

 

Las primeras elecciones libres del país tuvieron lugar en noviembre de 1951. Allí, por primera vez, las mujeres, gracias a años de lucha, lograron la igualdad cívica. Ganó Perón y Eva votó desde su lecho de enferma. En el hospital, Evita depositó uno de los 2.441.558 votos con que el electorado femenino contribuyó a los 4.745.168 votos (62,5 por ciento del padrón), que permitieron la reelección de Perón por el período presidencial 1952-1955, que no alcanzó a cumplir.

 

Ese día, el reconocido escritor David Viñas tenía 22 años y era fiscal de la Unión Cívica Radical (UCR). Por esas cuestiones del destino, fue el encargado de acercarse a la cama del hospital donde Eva votó. Así recordó ese momento único: “Llovía. Asqueado por la adulonería que encontré en torno de Eva Perón, me conmovió al salir la imagen de las mujeres que afuera, de rodillas, rezando en la vereda, tocaban la urna electoral y la besaban. Una escena alucinante, digna de un libro de Tolstoi.”

 

En esos días dictó sus memorias, que luego fueron recopiladas en un libro llamado “Mi mensaje”, publicado en 1987. Cuando Juan Domingo Perón iba a tomar juramento como Presidente, ella quiso acompañarlo. Dicen los biógrafos que a Eva le fabricaron un corsé de yeso para que pudiera mantenerse erguida en su paseo como Primera Dama.

 

En cuanto al renunciamiento, el 22 de agosto de 1951 Eva Perón pasó a la historia gracias a un gesto de devoción a la causa del Pueblo.En aquel año, el general Juan Perón preparaba el terreno para su reelección, luego de la reforma de la Constitución Nacional. Nadie dudaba que debía ser Perón quien encabezara la lista, seguir conduciendo los destinos del país y así profundizar los cambios que se venían dando desde 1945.

 

Las expectativas estaban puestas, entonces, en saber quién acompañaría al General. Mientras los distintos sectores interesados (la CGT, los militares, los políticos) tenían sus hombres, el Pueblo ya había elegido candidata: Eva Perón. Pero las presiones para que Evita no llegara a ese puesto eran muchas.

 

El Cabildo Abierto del justicialismo de ese día era la excusa para que Evita hablara con su Pueblo. Con sus “descamisados”, que esperaban que, pese a todo, anunciara su candidatura. Porque ellos no entendían de internas, no queríansaber nada de presiones. Querían a Eva cerca de Perón, defendiendo sus intereses.

 

Pero el renunciamiento estaba decidido. Por el bien del gobierno de Perón. Luego de casi un día de actos, discursos y proclamas, cerca de la noche, Evita salió al palco, ubicado en la avenida 9 de Julio, frente al por entonces Ministerio de Obras Públicas.

Un millón de personas la esperaban. El acto, convocado por el secretario general de la CGT, José Espejo, fue una excusa. El Pueblo tenía a su candidata y esperaba su palabra.

Eva, conmovida, se preparó para hablar. Habíatensión en el aire. La voz rompió el silencio: “Mis queridos descamisados de la Patria”. Luego, firme, como fue su estilo, habló, y el Pueblo la escuchó. Su discurso, duro, fue una muestra del pensamiento vivo de esa mujer inmortal.

 

“Es para mí una gran emoción encontrarme otra vez con los descamisados como el 17 de octubre y como en todas las fechas en que el Pueblo estuvo presente. Hoy, mi general, en este Cabildo del Justicialismo, el pueblo, que en 1810 se reunió para preguntar de qué se trataba, se reúne para decir que quiere que el general Perón siga dirigiendo los destinos de la Patria. Es el Pueblo, son las mujeres, los niños, los ancianos, los trabajadores, que están presentes porque han tomado el porvenir en sus manos y saben que la justicia y la libertad únicamente la encontrarán teniendo al general Perón al frente de la nave de la Nación”, expresó.

 

El odio y el amor

 

Por Eva Perón

 

En años de lucha he aprendido cómo juegan su papel en el gobierno de los pueblos las fuerzas políticas nacionales e internacionales, las fuerzas económicas y espirituales de la tierra, y cómo se disfrazan las ambiciones de los hombres. Yo he visto a Perón enfrentándolos de pie, sereno e imperturbable, mirando siempre más allá de su vida y de su tiempo, con los ojos puestos exclusivamente en la felicidad de su pueblo y en la grandeza de su Patria. Nada ni nadie pudo ni podrá apartarlo de su camino. Yo recuerdo cómo, en los primeros tiempos de su lucha, debió enfrentar la calumnia que intentaba separarlo de sus descamisados: decían que él era un peligro para el pueblo porque era militar. Algunos años después, como la calumnia no prosperó, sus enemigos trataron de enfrentarlo con las fuerzas armadas.

 

Decían que Perón intentaba crear una fuerza en los trabajadores para sustituir el influjo militar en el Gobierno de la República. Sobre todas estas cosas quiero decir la verdad, ¡mi auténtica verdad!, y espero que alguna vez se imponga sobre tanta mentira, o por lo menos -aunque no me crean- sirva para algo a los pueblos del mundo en sus luchas por la justicia y por la libertad. Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la “ignominiosa raza de los pueblos”. De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian. Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro “resentimiento” con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo!

 

Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuándo odio ni cuándo estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.

 

(Extracto de “Mi Mensaje”, el libro de memorias de Evita, dictado durante sus últimos meses de vida).

 

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