lunes 30 de marzo de 2026 - Edición Nº2672

Sociedad | 28 mar 2026

DOBLE ESTÁNDAR EN EL GOBIERNO

Vuelos VIP de LLA: por qué cayó Espert y Adorni sigue blindado

Las denuncias por viajes y financiamiento exponen la lógica interna libertaria: ajuste para afuera, tolerancia para adentro cuando se trata de funcionarios clave. Cómo funciona la lógica en el interior del poder mileista.


Por: Ricardo Carossino

En medio del caos libertario, uno no puede evitar recordar aquel icónico grito de Tattoo, el personaje de La isla de la fantasía: "¡El avión, el avión!". Una frase que resuena hoy en el espacio político argentino, donde los vuelos VIP de Espert y Adorni se convierten en el epicentro de un nuevo escándalo que, como en la vieja serie, muestra un escenario de fantasía donde las reglas parecen no aplicarse a todos por igual. Mientras Espert es arrojado a la tormenta mediática por sus vuelos con empresarios cuestionados como un cristiano a los leones, Adorni, quien comparte el mismo lujo aéreo, sigue sentado a la derecha del emperador gracias a un blindaje que ni la justicia ni la moral parecen poder penetrar.

Por estas horas, en los pasillos del Congreso y en los despachos más blindados de la Casa Rosada, una pregunta incómoda recorre al oficialismo: ¿por qué cayó José Luis Espert y Manuel Adorni sigue en pie? La respuesta no está en los aviones, ni siquiera en las denuncias. Está en el poder.

El escándalo que hoy rodea a Manuel Adorni —jefe de Gabinete y hombre de extrema confianza del triángulo de hierro libertario— tiene elementos que recuerdan demasiado al caso que terminó de dinamitar la carrera del ex diputado “cárcel o bala” Espert. Viajes en aviones privados, opacidad en el financiamiento y un discurso público que choca con prácticas difíciles de justificar. Pero el desenlace, al menos por ahora, es distinto.

El caso de “mano dura” Espert fue devastador porque combinó tres factores letales: pruebas judiciales, timing político y prescindibilidad interna. La Justicia acreditó que el economista utilizó reiteradamente aeronaves vinculadas al empresario Federico “Fred” Machado —acusado de narcotráfico en Estados Unidos, pero que en realidad se comenta que es un agente encubierto de la DEA— y que incluso recibió una transferencia de 200 mil dólares ligada a ese entramado. Ese combo lo convirtió en un problema imposible de contener: no era solo un escándalo mediático, era un expediente judicial activo con ramificaciones internacionales.

Además, ocurrió en un momento donde el oficialismo necesitaba ordenarse electoralmente. Espert era candidato, no funcionario clave. Y en política, eso hace toda la diferencia. La Libertad Avanza decidió sacrificarlo para evitar que el escándalo contaminara la boleta. Fue una decisión fría: cortar una pieza para salvar el tablero.

El caso Adorni, en cambio, se inscribe en otro contexto. Las revelaciones sobre sus viajes —incluyendo vuelos privados a destinos como Punta del Este y el uso del avión presidencial con su pareja— abrieron interrogantes sobre su patrimonio y estilo de vida, difícilmente compatibles con su salario. Pero, a diferencia de Espert, no hay —todavía— una prueba judicial concluyente que lo comprometa en delitos de la misma gravedad.

Sin embargo, el problema político es incluso más profundo. Porque lo que está en discusión no es solo qué hizo Adorni, sino qué representa. Incluso dentro del Gobierno reconocen que la crisis fue mal gestionada y que el episodio expuso contradicciones con el discurso de austeridad libertario.

Y acá aparece la clave que explica la doble vara: Espert era un aliado. Adorni es sistema y no es reemplazable. A diferencia de Espert, el jefe de Gabinete es hoy una pieza central del engranaje de poder que articula Javier Milei con su entorno más cercano. No es solo un funcionario: es un operador político, un vocero ampliado y un ejecutor de la estrategia del oficialismo. Su caída no sería un daño colateral, sería un golpe estructural.

La economía

Pero hay un segundo factor que explica por qué, pese al desgaste, todavía resiste: el contexto económico y parlamentario. El Gobierno atraviesa una etapa delicada, con tensiones fiscales, negociaciones permanentes en el Congreso y una necesidad urgente de sostener cohesión interna. En ese marco, abrir una crisis política mayor sería suicida.

En el oficialismo lo saben. Por eso, puertas adentro, la discusión no es si Adorni está limpio o sucio, sino cuánto costo político puede absorber el Gobierno antes de que se vuelva insostenible.

Un dato que empieza a circular —todavía sin confirmación judicial, pero repetido en off en despachos legislativos— es que el caso Adorni podría escalar no por los viajes en sí, sino por las posibles derivaciones patrimoniales. Es decir, no el avión, sino quién financia su patrimonio. Esa misma lógica fue la que terminó hundiendo a Espert. La diferencia es que, en este caso, el Gobierno parece decidido a resistir.

Incluso frente a versiones de internas y pedidos de renuncia, Adorni se mantiene firme y niega irregularidades, calificando las denuncias como “ridículas” o parte de operaciones políticas. Esa estrategia —negar, resistir, aguantar— es viable solo porque cuenta con respaldo en la cima del poder.

¿Existe el respaldo infinito? La historia reciente del propio espacio libertario muestra que cuando el costo supera el beneficio, no hay lealtades que sobrevivan. Espert lo aprendió tarde. Y Adorni podría estar transitando el mismo camino, aunque en una fase más temprana. La pregunta de fondo, entonces, no es por qué cayó uno y el otro no. Es cuándo.

Porque si algo une ambos casos es una misma lógica de poder: en La Libertad Avanza no caen los que están más complicados, caen los que se vuelven prescindibles.

 

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