Pensemos, por ejemplo, en el Estrecho de Ormuz. Por allí transita cerca del 20% del petróleo mundial, lo que lo consagra como un nodo crítico y vital del comercio internacional. Cuando ese flujo se ve amenazado, el impacto excede rápidamente la pizarra de cotizaciones del barril. De forma inmediata, se alteran las rutas marítimas, se encarecen los fletes, se tensionan los contratos a largo plazo y el mundo entero recalcula sus inversiones.
Y aquí es donde el efecto dominó nos alcanza a todos. La energía constituye el insumo estructural que mueve al resto de la economía. Un shock en esta área se traslada como una onda expansiva a los combustibles, al transporte, a la producción industrial, a los fertilizantes y, en definitiva, a los alimentos que llegan a la mesa. La inflación que emerge en estos escenarios es la consecuencia directa de esa vulnerabilidad estratégica.
Para América Latina y las economías emergentes, estas turbulencias implican desafíos profundos. Nos enfrentamos a la presión de una "inflación importada", a la volatilidad de los mercados y a una mayor exigencia sobre nuestras reservas y balanzas comerciales.
Esta crisis nos deja una lección ineludible: en el siglo XXI, la seguridad energética y la infraestructura logística se han consolidado como los activos geopolíticos más importantes de una Nación.
La nueva geopolítica contemporánea se juega hoy en la energía. Se juega en el comercio marítimo. Se juega en la capacidad operativa de los puertos y en la resiliencia de las cadenas de suministro. Quien controla o protege sus reservas, sus rutas y su capacidad logística es quien tiene el margen para fijar condiciones en momentos de incertidumbre global.
Como vengo sosteniendo desde la gestión portuaria, la infraestructura siempre tiene voz. Un puerto opera como una plataforma definitiva que nos conecta y nos proyecta al mundo.
Comprender esta "arquitectura invisible" de la crisis resulta fundamental para tomar el control de nuestro destino. Fortalecer nuestras capacidades logísticas y estratégicas como región es la herramienta real que tenemos para amortiguar los golpes del escenario global y proteger el esfuerzo productivo de nuestra gente.
Por Mónica Litza Presidenta Consorcio de Gestión del Puerto Dock Sud