Kicillof se quedó con el PJ bonaerense sin pasar por San José 1111
La cortina de la unidad. Quién ganó. Quién perdió. El gobernador se posiciona como el principal opositor al gobierno nacional. Ahora resta la pelea interna en la correlación de fuerzas. Se viene el poroteo de los congresales justicialistas.
La consagración de Axel Kicillof como nuevo presidente del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires fue presentada, puertas afuera, como un acuerdo de unidad entre los distintos sectores del peronismo bonaerense. El entendimiento entre el espacio que responde al gobernador —ordenado alrededor del Movimiento Derecho al Futuro— y La Cámpora, evitó una interna partidaria y permitió cerrar una lista única para la conducción del principal distrito del país.
Sin embargo, más allá del discurso conciliador, el desenlace del proceso marca un dato político central: Kicillof se queda con la presidencia del PJ bonaerense sin pasar por San José 1111, es decir, con el cargo que tiene la última palabra en las decisiones estratégicas, mientras que Máximo Kirchner deja ese lugar después de años de control partidario.
En la lógica del peronismo, ese movimiento no es menor: quien preside el partido maneja tiempos, agenda y definición política. La unidad, en este sentido, funciona más como un marco narrativo que como una descripción precisa del reparto de poder.
La presidencia del PJ y el valor de la lapicera
En el diseño institucional del justicialismo bonaerense, la presidencia del partido no es un cargo decorativo. Desde allí se definen lineamientos políticos, se convocan órganos partidarios, se validan alianzas electorales y se ordena —o se bloquea— la dinámica interna. “El presidente del PJ es el que firma, el que ordena y el que decide cuándo se discute”, sintetiza un dirigente con años en la estructura partidaria bonaerense.
Que Kicillof asuma ese rol implica un cambio profundo respecto del esquema anterior, donde el hijo de Cristina Kirchner concentraba esa función y utilizaba el partido como una herramienta de construcción política propia, en sintonía con La Cámpora y el kirchnerismo duro. Ahora, el gobernador no solo administra el Estado provincial, sino que concentra también la conducción formal del principal instrumento partidario del peronismo en el país.
Ese doble comando —gestión y partido— es lo que explica por qué, incluso dentro de sectores que celebran la unidad, se reconoce que el resultado favorece claramente a Kicillof. “No es lo mismo negociar con el presidente del PJ que con el titular del Congreso partidario”, admite en off un dirigente de la Tercera que participó de las conversaciones previas.
La incógnita clave: los congresales y la correlación de fuerzas
Además como explicó un secretario ministerial de la Provincia a Política del Sur, “no hay que olvidar en la lucha interna de la correlación de fuerzas, que Axel puede pagar con cargos y asesorías a los congresales y Máximo no tiene nada para repartir. La Cámpora está seca”.
— Movimiento Derecho al Futuro (@MOVIMIENTODAF) February 8, 2026
Sin embargo, el triunfo del gobernador no está cerrado del todo. Falta una instancia decisiva para medir la verdadera correlación de fuerzas dentro del justicialismo bonaerense: la distribución de los congresales por distrito.
El Congreso del PJ se integra con representantes de las distintas secciones electorales, y allí se expresa el peso real de intendentes, sindicatos, organizaciones políticas y espacios internos. Hasta que no se conozca cuántos congresales aporta cada distrito y a qué sector responden, el equilibrio interno sigue siendo una incógnita.
“Ahí se va a ver quién manda de verdad”, resume un operador partidario del interior bonaerense. Si La Cámpora logra retener una porción significativa del Congreso, podrá condicionar decisiones clave y equilibrar el poder del presidente del partido. Si, en cambio, el kicillofismo y los intendentes alineados al gobernador se quedan con la mayoría, el control de Kicillof será prácticamente total.
Máximo Kirchner: del control a la contemplación del pasado
El acuerdo dejó a Máximo Kirchner al frente del Congreso del PJ bonaerense, un órgano clave desde el punto de vista estatutario, pero de menor centralidad política cotidiana. El Congreso define cuestiones orgánicas importantes, pero no conduce el día a día ni fija la estrategia general.
En términos políticos, el corrimiento de Máximo de la presidencia del partido es leído como una derrota relativa, aunque amortiguada por el relato de unidad. La Cámpora conserva lugares en la conducción y presencia territorial, pero pierde el control del botón principal. En un contexto de reconfiguración del peronismo tras la derrota nacional y con Javier Milei en la Casa Rosada, ese desplazamiento tiene peso simbólico y práctico.
No es casual que, en las semanas previas al acuerdo, el entorno de Kicillof haya mostrado resistencias iniciales a aceptar una oferta que, en apariencia, provenía del propio Máximo. Finalmente, el gobernador leyó que el costo de asumir el control partidario era menor que el riesgo de una interna, y avanzó. Como dijo un legislador provincial a PDSUR: “Máximo entendió que más vale un mal acuerdo que un excelente conflicto”.
Un liderazgo en construcción frente a Milei
La asunción de Kicillof al frente del PJ bonaerense también se inscribe en una dinámica más amplia: su proyección como principal referente opositor al gobierno de Javier Milei.La provincia de Buenos Aires funciona como el principal bastión político, territorial y electoral del peronismo, y quien la gobierna —y conduce su partido— tiene una ventaja estructural frente a cualquier otro dirigente.
Desde el inicio de la gestión libertaria, Kicillof se posicionó como uno de los críticos más duros del rumbo económico y político del Ejecutivo nacional. La conducción del PJ bonaerense refuerza ese rol y le permite articular una oposición con anclaje institucional, más allá de los bloques legislativos o las expresiones sectoriales.
Para muchos dirigentes peronistas, el acuerdo partidario ordena una realidad que ya existía: Kicillof es hoy el dirigente con mayor volumen político del peronismo, y el PJ bonaerense debía reflejar ese dato.
Unidad formal, disputa latente
El acuerdo que llevó a Axel Kicillof a la presidencia del PJ bonaerense cerró una etapa de incertidumbre y evitó una interna que podía dejar heridas profundas. Pero también abrió una nueva fase de disputa más silenciosa, menos explícita y más técnica: la pelea por el control del Congreso partidario y, con él, por la estructura profunda del peronismo provincial.
Por ahora, el dato central es claro: Kicillof ganó la lapicera, el lugar desde el cual se toman las decisiones finales. Máximo Kirchner conserva influencia, pero ya no monopoliza el mando. El desenlace definitivo dependerá de un detalle que todavía no está sobre la mesa: cómo se reparte el poder distrito por distrito. Recién entonces se sabrá si el liderazgo de Kicillof es dominante o si la unidad es, también, una tregua cuidadosamente negociada.