Por: Federico Cedarri
El radicalismo atraviesa una coyuntura compleja luego del desafortunado paso en falso que significó la construcción de la alianza electoral Somos Buenos Aires: una confluencia de intendentes boinas blancas con retazos del PRO, disconformes por el acuerdo electoral con los libertarios, y parte del peronismo no K.
En rigor, el abadismo no participó de aquella aventura y jugó con el sello de Nuevos Aires en algunos distritos puntuales como Mar del Plata, el pago chico de Maxi Abad.
Es en este contexto de amenaza de disgregación que los órganos de contingencia del partido centenario, tanto la Convención como el Comité, decidieron al unísono la convocatoria a elecciones internas para el próximo 6 de septiembre. La intención pasa por normalizar un espacio político que aún arrastra la inconveniencia de no haber cerrado eficazmente el proceso electoral intestino llevado adelante en octubre de 2024.
Sin embargo, esta institucionalización partidaria de los correligionarios podría adelantarse debido a que algunos dirigentes sostienen puertas adentro que el mes de septiembre aparece como demasiado lejano.
Además, también arguyen que el partido necesita cuanto antes de una salida electoral que ponga coto a la angustiante situación que padece, creen que es impostergable dejar de funcionar con órganos de contingencia prohijados para gambetear la amenaza de una intervención de los órganos partidarios de parte de la justicia electoral.
Hoy los radicales están partidos en tres sectores dentro de geografía partidaria, por un lado el abadismo que mantiene bajo su radar a legisladores provinciales y a algunos intendentes sueltos; el fernadismo que juega en sintonía con la mayoría de los intendentes del foro de jefes comunales biona blanca; y finalmente el sector referenciado en Martín Lousteau, Evolución, cuya cara visible en territorio bonaerense es el ex diputado provincial Pablo Domenichini.
Referentes de estos tres espacios entienden que el 2027 está a la vuelta de la esquina y sospechan que quizás el Ejecutivo tenga la intención de desdoblar los comicios provinciales nuevamente para lograr el arrastre del aparato de los intendentes peronistas del conurbano. “Debemos estar preparados para las contingencias que nos imponga el calendario electoral, es por eso que debemos resolver nuestras cuitas lo antes posible” desliza las urgencias ante PDS un parlamentario boina blanca.
Una consecuencia inmediata del traspié de la estrategia de la confluencia de Somos Buenos Aires fue la división, una vez más, de los bloques legislativos radicales en el Parlamento provincial.
En Diputados, el abadismo sufrió la baja de sus filas de dos dirigentes cercanos a Miguel Fernández: Alejandra Lordén y Valentín Miranda que resolvieron conformar un espacio más cercano al foro de alcaldes centenarios. Sumaron a la empresa a la flamante diputada por la Sexta Sección, la dorreguense Priscila Minnaard.
En tanto, el abadista Diego Garciarena logró cerrar un acuerdo para trabajar en una especie de interbloque con la Coalición Cívica y subió a su espacio al tandilense lunghista Matías Civale, que luego del salto de Facundo Manes a CABA para jugar electoralmente allí quedó como un líbero en el tablero parlamentario.
En el Senado, en tanto, la fernandista Natalia Quintana se sumó al espacio de los Passaglia, mientras que la abadista Nerina Neumann formará un monobloque.
En medio de todo este desaguisado se entiende la premura de los principales referentes centenarios para darle un corto definitivo a la precaria situación institucional partidaria y avanzar rumbo a un proceso interno que desemboque en la convalidación de nuevas autoridades.
El calendario electoral podría adelantarse y algunos ya comienzan a manejar la opción de fines de mayo o principios de junio para llevar adelante los comicios internos: de hecho ya existieron charlas informales entre los tres sectores en pugna para avanzar en la oficialización de la aceleración de los tiempos electorales.
Más allá del calendario, el radicalismo buscará esta vez lograr una lista de consenso que pueda evitar una batalla interna que deje secuelas con miras al año electoral que se aproxima. Se persigue en primera instancia una lista única con equilibrio de nombres de los distintos espacios y una figura que encabece con el consenso de los tres sectores.
Algunos apellidos ya comienza a trascender preliminarmente, como el del propio Abad, aunque los centenarios deberán resolver con antelación la confección final del proceso electoral partidario: puntapié inicial para la posterior negociación por una lista de unidad.