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El precariado: el nuevo actor social del siglo XXI - Política del Sur

NACIóN | 8 NOV 2026

ANáLISIS

El precariado: el nuevo actor social del siglo XXI

La transformación del capitalismo, la revolución tecnológica y la fragmentación del empleo están dando lugar a un nuevo sector social: trabajadores sin estabilidad, sin ingresos previsibles ni representación colectiva.




No son simplemente los nuevos pobres ni una versión actualizada del proletariado industrial. Constituyen una realidad social heterogénea que está modificando las relaciones entre trabajo, identidad y política. Comprender quiénes son, qué esperan y cómo actúan políticamente es indispensable para interpretar los cambios de la sociedad argentina.

Durante buena parte del siglo XX, el trabajo asalariado fue uno de los principales organizadores de la vida social.

El empleo industrial, los convenios colectivos, los sindicatos y la seguridad social conformaron una estructura que vinculaba el salario con los derechos, la identidad y las posibilidades de progreso. En la Argentina, ese proceso tuvo una expresión particular: el movimiento obrero organizado se convirtió en uno de los actores centrales de la vida nacional y el trabajo adquirió una dimensión que trascendía ampliamente la relación económica.

Ese mundo no desapareció, pero dejó de ser la única referencia para comprender la sociedad. La globalización productiva, la financiarización de la economía, la desindustrialización, la expansión de los servicios y la incorporación de nuevas tecnologías modificaron las relaciones laborales. La tercerización, la contratación temporal, el trabajo por cuenta propia y las plataformas digitales ampliaron las formas de inserción económica, al tiempo que debilitaron algunas de las protecciones que acompañaban al empleo tradicional.

En ese proceso fue tomando forma un sector social cada vez más numeroso: personas que trabajan, generan ingresos y participan de la economía, pero que no cuentan con estabilidad laboral ni tienen aseguradas las condiciones materiales para proyectar su futuro.

Para describir esta realidad comenzó a utilizarse el concepto de precariado, una combinación de las palabras precario y proletariado. El economista británico Guy Standing contribuyó a instalarlo en el debate internacional con su libro The Precariat: The New Dangerous Class, publicado en 2011. Su análisis identifica una condición social caracterizada por la inseguridad laboral, la pérdida de derechos y la ausencia de una trayectoria ocupacional previsible.

El precariado no constituye una clase homogénea ni tiene una identidad política común. Es una categoría que permite reconocer una transformación profunda del mundo del trabajo: cada vez más personas dependen de su actividad laboral para vivir, pero esa actividad ya no les garantiza seguridad económica ni integración social.

 

El trabajo ya no garantiza estabilidad

La Argentina ofrece un escenario particularmente ilustrativo. La informalidad laboral, el crecimiento del cuentapropismo de subsistencia y la multiplicación de actividades sin protección social muestran que el problema excede las fluctuaciones del empleo. No se trata solamente de quienes perdieron un puesto de trabajo, sino también de quienes ingresan al mercado laboral bajo condiciones que dificultan construir una trayectoria profesional y familiar estable.

Un profesional que trabaja por proyectos, un repartidor de plataformas, un comerciante que apenas sostiene su actividad, un monotributista que depende de un solo contratante y un empleado informal tienen situaciones diferentes. Sin embargo, pueden compartir una experiencia: la incertidumbre respecto de sus ingresos y de su futuro.

El fenómeno tampoco se limita a los sectores de menores recursos. Incluye a jóvenes con formación profesional que no consiguen insertarse de acuerdo con sus expectativas, trabajadores independientes que deben afrontar individualmente los costos de su actividad y familias cuyos ingresos dependen de varias ocupaciones simultáneas.

La informalidad y la precariedad no son exactamente lo mismo. Puede haber empleo informal relativamente estable y trabajadores registrados sometidos a una fuerte inseguridad económica. Lo que define al precariado es la combinación de inestabilidad, vulnerabilidad y dificultad para construir un proyecto de vida.

Una crisis que también es de identidad

El empleo estable proporcionaba algo más que un salario. Permitía organizar la vida, proyectar una familia, acceder a una vivienda, construir una carrera y establecer vínculos sociales duraderos.

La precarización altera esa relación con el tiempo y con el futuro. Quien desconoce cuánto va a ganar el mes siguiente difícilmente pueda planificar una inversión, asumir un crédito o pensar en su jubilación. Quien necesita alternar varios trabajos para completar sus ingresos dispone de menos tiempo para participar de organizaciones sociales, sindicales o políticas.

También cambia la percepción del esfuerzo. Una persona puede estudiar, capacitarse y trabajar intensamente sin conseguir mejorar sus condiciones materiales. Cuando esa experiencia se prolonga, comienza a deteriorarse la confianza en las promesas tradicionales de movilidad social.

El problema ya no consiste únicamente en conseguir empleo. Consiste en que el trabajo permita progresar.

Esta distancia entre esfuerzo y resultado es una de las claves para comprender la subjetividad del precariado. La incertidumbre económica termina convirtiéndose en una experiencia cotidiana que condiciona las decisiones personales, las relaciones familiares y las expectativas colectivas.

 

¿Cómo actúa políticamente?

El precariado no responde a una orientación ideológica determinada. Sus integrantes pueden identificarse con tradiciones políticas diferentes, participar de organizaciones sociales o mantenerse alejados de toda estructura partidaria. Tampoco constituyen un electorado uniforme.

Sin embargo, su situación económica y social permite reconocer algunas tendencias.

Una de ellas es la desconfianza hacia las representaciones tradicionales. Una parte de estos trabajadores no encuentra en los partidos, los sindicatos ni las organizaciones sociales canales adecuados para expresar sus problemas. No necesariamente rechaza esas instituciones por razones ideológicas; muchas veces siente que sus demandas no están contempladas.

Otra característica es la volatilidad política. Cuando la identificación partidaria es débil, las adhesiones pueden modificarse ante cambios en los ingresos, las expectativas económicas o la percepción sobre los gobiernos. La experiencia concreta pesa más que las lealtades históricas.

También aparece una creciente individualización de los problemas. No conseguir empleo, no poder independizarse o no llegar a fin de mes suelen interpretarse como dificultades personales antes que como consecuencias de una estructura económica. Esta percepción debilita la identificación colectiva y dificulta la construcción de respuestas organizadas.

En ese contexto pueden adquirir atractivo los discursos que prometen romper con el orden establecido, terminar con los privilegios o desplazar a las dirigencias tradicionales. Esto ayuda a comprender por qué algunos trabajadores económicamente vulnerables respaldan propuestas que promueven la reducción de las regulaciones laborales o del Estado.

No necesariamente se trata de una contradicción ideológica consciente. Puede expresar el rechazo a una realidad que consideran agotada y la búsqueda de una alternativa que les devuelva expectativas.

El precariado no es, por definición, de derecha, de izquierda, antiperonista ni antipolítico. Su comportamiento depende de las experiencias sociales, las condiciones materiales y las respuestas que encuentre en el sistema político. Su representación permanece abierta y es objeto de disputa.

 

¿Qué espera de la política?

La principal expectativa del precariado es recuperar la posibilidad de construir un futuro a partir del trabajo. Esto no significa necesariamente volver al empleo industrial de sus padres ni reproducir las formas laborales del pasado. Muchos valoran la independencia, la flexibilidad y la posibilidad de organizar su propia actividad. Lo que cuestionan es que esa autonomía termine significando asumir todos los riesgos sin contar con protección alguna.

Sus demandas pueden resumirse en seis cuestiones fundamentales: ingresos suficientes para vivir dignamente, mayor previsibilidad económica, acceso a la protección social, reconocimiento de su actividad, posibilidades de capacitación y oportunidades concretas de progreso.

La vivienda, el crédito, la salud y la jubilación también forman parte de esas expectativas. No son demandas accesorias. Expresan la necesidad de recuperar condiciones básicas para organizar la vida.

Una política dirigida a este sector no puede limitarse a ofrecer asistencia ni a prometer empleo en términos generales. Tiene que responder a una pregunta concreta: ¿cómo puede una persona que trabaja, se capacita y se esfuerza mejorar efectivamente sus condiciones de vida?

 

El desafío de construir nuevas formas de representación

La transformación del mundo del trabajo plantea un problema de fondo para las organizaciones políticas y sindicales. El movimiento obrero tradicional se construyó alrededor de establecimientos productivos, ramas de actividad, convenios colectivos y relaciones laborales relativamente estables. Las nuevas modalidades de trabajo requieren ampliar esas formas de representación.

Esto no significa reemplazar a los sindicatos ni desconocer la importancia del empleo registrado. Significa incorporar a quienes hoy quedan fuera de sus estructuras tradicionales: trabajadores independientes, repartidores, pequeños emprendedores, profesionales autónomos y personas que alternan diferentes ocupaciones.

Las asociaciones de trabajadores de plataformas, las cooperativas, las mutuales y las organizaciones de trabajadores independientes pueden contribuir a construir nuevas formas de acción colectiva. También es necesario discutir mecanismos de protección social que no dependan exclusivamente de la existencia de un contrato laboral tradicional.

La autonomía económica merece una atención particular. Una parte de estos trabajadores aspira a desarrollar una actividad propia, acceder a mejores mercados o construir un emprendimiento. Para que esa aspiración no termine convertida en autoexplotación, necesita crédito, capacitación, tecnología, asistencia técnica y condiciones que permitan sostener la actividad.

La política productiva tiene aquí una responsabilidad central. El desarrollo industrial, la innovación tecnológica, las economías regionales, las pequeñas y medianas empresas y la ampliación del mercado interno son componentes necesarios de una estrategia que busque generar empleo de calidad y oportunidades económicas.

La tecnología puede mejorar la productividad y abrir nuevas actividades, pero también puede concentrar ingresos y trasladar los riesgos hacia los trabajadores. El resultado dependerá de las decisiones económicas, las regulaciones y las instituciones que acompañen esa transformación.

 

Una nueva agenda para el mundo del trabajo

El surgimiento del precariado obliga a revisar las categorías con las que se interpreta la sociedad argentina. El trabajador industrial registrado continúa siendo un actor fundamental, pero ya no representa por sí solo la totalidad del mundo del trabajo.

La clase trabajadora se ha diversificado. Sus experiencias, expectativas y formas de organización son más heterogéneas. La representación política necesita reconocer esa diversidad sin convertirla en una suma de intereses individuales desconectados.

Para el peronismo y las tradiciones políticas que hicieron del trabajo y la justicia social sus principales banderas, esta transformación plantea una discusión particularmente importante. La experiencia histórica del movimiento obrero sigue siendo una referencia central, pero las formas de organización y protección deben responder a una sociedad que cambió.

No alcanza con reivindicar los derechos laborales históricos si no se ofrecen respuestas a quienes trabajan fuera de las estructuras tradicionales. Tampoco alcanza con convocar a los independientes y emprendedores sin garantizarles condiciones para desarrollar sus actividades y acceder a la protección social.

El desafío consiste en articular la defensa de los derechos con la autonomía económica, el desarrollo productivo con la innovación tecnológica y la seguridad social con las nuevas modalidades de trabajo.

El precariado expresa la ruptura de un vínculo que durante décadas fue decisivo para la integración de la sociedad argentina: la relación entre trabajo, derechos y progreso.

La discusión no consiste en si los trabajadores del siglo XXI deben volver a ser los trabajadores del siglo XX. Consiste en cómo construir una sociedad en la que las nuevas formas de trabajar no impliquen renunciar a la seguridad económica, los derechos y la posibilidad de progresar.

El trabajo sigue siendo una fuente fundamental de integración social. Lo que está en discusión es qué proyecto económico, qué instituciones y qué formas de organización colectiva permitirán que vuelva a cumplir ese papel.

 

Fuente: DATA POLITICA Y ECONOMICA