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León XIV, sabiduría vs racionalismo - Política del Sur

OPINIóN | 23 AGO 2026

REFLEXIONES DOMINCALES | PADRE JORGE OESTERHE

León XIV, sabiduría vs racionalismo




El aporte más significativo de la reflexión de León XIV en su encíclica Magnifica humanitas se encuentra en su manera de presentar el concepto de “sabiduría”. Lo que ofrece el Papa no es “una solución” a los múltiples desafíos que se nos plantean sino algo previo y más importante: un punto de vista desde dónde mirar esos desafíos. Al distinguir entre la sabiduría y el racionalismo utilitarista de nuestro tiempo el papa León ubica la reflexión en otro contexto, con una actitud y una profundidad diferentes.

La encíclica es mucho más que otro texto que trata el tema de la inteligencia artificial, el Papa no habla solamente de nuestra relación con la inteligencia artificial, habla de algo más profundo y desafiante: se refiere a nuestra relación con la inteligencia. Así, sin calificativos. Los desafíos que nos plantea la utilización de la inteligencia artificial nos permiten ver que no tenemos clara la respuesta a una pregunta previa: ¿para qué sirve nuestra inteligencia?

La carta del Papa adquiere mayor relevancia cuando la situamos en un contexto histórico. Ya desde los finales del siglo XIX las promesas hechas por un racionalismo que había reducido la realidad a lo que se podía medir y pesar había comenzado a mostrar sus grietas. Para esa época ya el barco del progreso se estaba llenando de agua. La humanidad ya entonces se daba cuenta de que “ser racionales” no era suficiente para evitar guerras, hambrunas y todo tipo de injusticias. Poco a poco nos íbamos despertando del sueño de la modernidad. El progreso científico y económico no traía solo cosas buenas y, además, no tenía ninguna respuesta para las grandes preguntas de la condición humana.

A principios del siglo XX aquel racionalismo ya decadente comenzaba a ser cuestionado por las vanguardias artísticas (surrealismo, dadaísmo), el psicoanálisis de Freud abría la caja de pandora del inconsciente que luego ampliaría Jung y, desde el corazón mismo de la ciencia, la relatividad de Einstein y la física cuántica ponían patas arriba todos los presupuestos del racionalismo y el materialismo sobre los que se había intentado construir una civilización “razonable” e “inteligente”.

Ese es el contexto en el que aparece la inteligencia artificial: justo en el momento en el que empezamos a preguntarnos por el valor y el lugar de la inteligencia humana; justo cuando nos estamos dando cuenta de que definir al ser humano solo como un “animal racional” es una torpeza mayúscula; justo cuando comenzamos a intuir que somos mucho más que “racionales” y que definir nuestra especie por su inteligencia es como definirnos a nosotros mismos por el color de nuestros ojos o nuestras ideas políticas, ninguna persona es “solamente eso”.

León XIV afirma que nunca una generación tuvo acceso tan rápido a tanta información como ahora, pero señala que el acceso a los datos, por muchos que sean, no es suficiente, el desafío comienza después de la acumulación de datos, comienza cuando nos preguntamos qué hacemos con ellos, qué significan. No qué significan los datos en sí mismos sino qué significan para nuestras vidas. Precisamente la sabiduría de la que nos habla el Papa implica la capacidad de relacionar los datos con las cuestiones de la vida concreta, recién entonces podemos reconocer el sentido de esos datos. Ese sentido permitirá luego poder utilizarlos. La sabiduría es mucho más que el procesamiento eficiente de la información es también más que el razonamiento correcto, es una forma de conocimiento que pone en contacto los datos y los razonamientos con algún “punto de vista”, con un intento de respuesta a todas las preguntas que más importan, aquellas preguntas sobre el origen, el sentido y el destino de nuestra existencia.

¿Cómo acceder a esa sabiduría? ¿acaso esas preguntas tienen respuesta? ¿qué hay que estudiar? ¿en qué universidad? Según el Papa no es suficiente el estudio, no son suficientes los conceptos, según él esa sabiduría es siempre comunitaria e histórica y solo es posible acceder a ella en la convivencia y en el contacto con la realidad “tal como la viven las personas y los pueblos”. Responder a las preguntas más importantes de la vida —¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿para qué estamos aquí? — no es algo que la inteligencia artificial pueda hacer, pero tampoco lo puede hacer nuestra limitada inteligencia humana. Solo podemos acercarnos a una respuesta si apelamos a principios y valores que trascienden esa misma inteligencia.

En otras palabras: para acceder a esa sabiduría tenemos que aceptar nuestra dificultad para responder a los interrogantes más profundos y misteriosos que la vida nos plantea. Además de razonar necesitamos una experiencia de comunidad, un contacto con otras personas, otras culturas, otras maneras de vivir y otras formas de responder a las mismas preguntas.

La propuesta papal es menos novedosa de lo que parece. La historia muestra que ante el contacto con el misterio todas las grandes civilizaciones recurrieron a diversos relatos para hallar respuestas, y de esa manera cada generación y cada cultura fueron construyendo su propia sabiduría. Para la mentalidad moderna y racionalista, esas mitologías pertenecían a tiempos ya superados: apelar a ellas era señal de atraso, o simple ignorancia.

Sin embargo, para sorpresa de muchos, es justamente ahora —cuando la inteligencia artificial puso ante nosotros todo el conocimiento racional acumulado por la humanidad— cuando descubrimos que las respuestas que realmente necesitamos parecen encontrarse en aquellos relatos que abandonamos por “atrasados” o “irracionales”.

El aporte de León XIV ofrece un punto de partida, no un punto de llegada. No dice la inteligencia artificial es tal cosa y tiene que servir para tal otra, invita a hacerse una pregunta previa, invita a distinguir entre las diferentes formas de inteligencia y la sabiduría, invita a ver a los seres humanos no solo como capaces de razonar sino también capaces de amar, soñar, compartir, creer, crear, imaginar, reír, cantar, celebrar, orar, ¡y mucho más! Su propuesta es algo tan simple y complejo como invitar al contacto con la realidad “tal como la viven las personas y los pueblos”. En medio de todos los discursos y teorizaciones que nos abruman, el Papa intenta recordarnos que únicamente desde esa sabiduría que se adquiere en la convivencia, en las dificultades, en la construcción de la justicia, en el amor de las familias, en el trabajo de cada día, es posible acercarse a las respuestas que busca el corazón humano.

Sorprendentemente la encíclica da otro paso más: ¡anima a la misma Iglesia a superar su propio racionalismo! También entre los católicos muchos se enamoraron de las ideas y redujeron la fe a un moralismo, un intelectualismo, o un ritualismo vacíos. No creo que sea una exageración decir que debido a cierto “racionalismo clerical” la Doctrina Social de la Iglesia derivó en teorías sociales e incluso quedó reducida a opciones ideológicas o a opiniones políticas. León XIV eleva la reflexión y presenta la Doctrina Social de la Iglesia como una sabiduría, no como una teoría que hay que defender entre otras teorías, menos aún como una serie de ideas que hay que imponer como verdades incuestionables. Por eso su tono es propositivo, su manera de hablar y presentar su pensamiento es una invitación, es el tono de un sabio, no de un político ni de un intelectual.
 

Aunque sus principios sean los mismos, la Doctrina Social de la que habla León XIV ya no es la de León XIII. En el mundo y en la Iglesia han pasado muchas cosas desde entonces. Para descubrir la diferencia es suficiente comparar la manera de hablar de cada uno de los papas. León XIII se refería a la cuestión social de su tiempo expresándose así: “Confiadamente y con pleno derecho nuestro, atacamos la cuestión, por cuanto se trata de un problema cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia” (R.N.13). El esquema conceptual es muy claro: por encima de todos los actores sociales se encuentra la Iglesia diciéndole al mundo aquello que debe hacer. “Con pleno derecho nuestro…”, por si nos quedaba alguna duda.

Para León XIV en cambio el aporte de la Iglesia se presenta como “un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar…” El Papa actual avanza un paso más al decir que este fundamento que propone la Iglesia ayuda a leer los desafíos “en diálogo con las ciencias”, no se trata de entonces una concepción del mundo que se impone sino de una sabiduría trascendente que se propone y dialoga con todos.

Para este Papa la verdad no es una propiedad que se defiende: “la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir…” Para León XIV el aporte de la Iglesia no es otra teoría social y la verdad no es algo que se utiliza para imponerse: “La comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder… Lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren” (MH 25).

Esa manera de hablar, y esa actitud, está llamada a tener una enorme repercusión en la forma de relacionarse la Iglesia con la sociedad (especialmente debería modificar la manera de hablar de algunos de sus representantes). La Iglesia que propone este Papa no es portadora de otra opinión que se agrega al interminable coro de opiniones, propone algo diferente, propone hacer lo que él hace: dejar de opinar y ser capaces de dialogar; abandonar los comunicados y las declaraciones; descender del púlpito, la cátedra o la ideología; escuchar con atención; aceptar que no sabemos muchas cosas, mirarnos a los ojos y hablar de igual a igual. Todo lo demás puede hacerse con la inteligencia artificial.