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Cristina presa: ¿Leona agazapada o jefa en retirada? - Política del Sur

SOCIEDAD | 13 JUN 2026

PERONISMO EN TRANSICIÓN

Cristina presa: ¿Leona agazapada o jefa en retirada?

La condena y la inhabilitación cambiaron las reglas del juego. Pero no necesariamente terminaron con su influencia. El peronismo discute si sigue siendo la dueña de la lapicera o el último símbolo de una época.




La historia política argentina tiene una debilidad por las metáforas zoológicas. A Juan Domingo Perón se lo definió en sus últimos años como el “león herbívoro”: un líder que conservaba autoridad simbólica, pero había moderado la capacidad de imponer su voluntad. La pregunta que hoy atraviesa al peronismo es si Cristina Fernández de Kirchner se encuentra en una situación similar o si, por el contrario, todavía conserva las garras suficientes para ordenar una fuerza política que parece haber ingresado en una larga transición. La gran diferencia, es que el General podía ser candidato y su exilio era una incomodidad política aún con futuro.

La confirmación de su condena e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos modificó sustancialmente el escenario político argentino. Se cumplió un año de prisión para Cristina que ya no puede competir electoralmente y tampoco puede ofrecerse como alternativa de poder institucional. Esa transformación es profunda porque durante casi veinte años el peronismo kirchnerista organizó su estrategia alrededor de una certeza: Cristina siempre estaba disponible como candidata o como factor decisivo de una candidatura. Esa hipótesis desapareció.

Sin embargo, perder capacidad electoral no equivale necesariamente a perder poder político. Cristina sigue siendo la dirigente opositora con mayor nivel de conocimiento público, conserva una base militante extremadamente leal y mantiene influencia sobre sectores importantes del Partido Justicialista y especialmente sobre La Cámpora. La consigna "Cristina Libre", impulsada por el kirchnerismo duro, demuestra que su figura continúa funcionando como elemento de identidad y movilización para una parte significativa del peronismo.

Pero a la vez desnuda la fragilidad propositiva de una agrupación que no tiene otra consigna más que rogar por el indulto presidencial. No propone nada a futuro, al menos nada nuevo, no manifiesta un programa de gobierno, no explica como harían para que el país se convirtiera en ese pasado que insisten en vender que fue hace más de 10 años atrás.

Por eso resulta apresurado definirla como un pato rengo. Un pato rengo es un dirigente cuya autoridad se evapora porque nadie espera nada de él (Alberto Fernández en 2023). Cristina todavía genera alineamientos, temores y cálculos. Cada declaración suya sigue siendo interpretada como una señal política. Lo que sí parece haber cambiado es la naturaleza de ese poder. Ya no es el poder de construir una candidatura propia; es (según el poder que le delegue el peronismo), el de vetar, condicionar o legitimar las candidaturas.

De todas maneras, un dirigente del Movimiento Derecho al Futuro, confió a Política del Sur, cierto temor en el equipo del gobernador de que si llegara a ganar una elección con CFK presa, La Cámpora le quite legitimidad al triunfo, argumentanto que ganó porque Cristina estaba proscripta, como la historia le endilga a Frondisi y a Illia. Y no es un argumento menor, si se utiliza dentro del mismo espacio político. 

En ese punto aparece La Cámpora. Durante años se asumió que la organización fundada por Máximo Kirchner era el instrumento político de Cristina. Hoy la relación podría estar invirtiéndose. Ante la imposibilidad de competir, la expresidenta se convierte también en el principal activo político de una organización que necesita justificar su centralidad dentro del peronismo.

Esa situación impacta directamente sobre Axel Kicillof. El gobernador bonaerense es hoy el dirigente peronista con mejores condiciones objetivas para proyectarse hacia 2027. Su construcción de un espacio propio y las tensiones acumuladas con el kirchnerismo duro revelan que existe una disputa por la conducción del movimiento.

Pero Kicillof enfrenta una paradoja. Necesita emanciparse políticamente de Cristina para construir liderazgo nacional, aunque tampoco puede romper completamente con ella sin correr el riesgo de fracturar la principal base electoral peronista del país. El gobernador necesita que Cristina conserve influencia suficiente para garantizar unidad, pero no tanta como para impedir la emergencia de una nueva jefatura.

¿Es Kicillof el candidato que Cristina querría? Al menos ideológicamente es totalmente opuesto a Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa, pero no quita que tenga el necesario pragmatismo político para ser lo que tenga que ser según le ordene la hora del país. Aún no se sabe. Quizás el temor de la doctora sea que alguien la supere y perder su autoridad histórica.

En ese sentido, la expresidenta sigue siendo un actor determinante para el futuro del mandatario bonaerense. Una bendición explícita podría facilitar su consolidación. Una confrontación abierta podría complicarla seriamente. La tregua intermitente que ambos sectores mantienen responde precisamente a esa lógica: ninguno puede prescindir totalmente del otro.

¿Quiénes le temen todavía dentro del peronismo? Más que miedo personal, existe temor a su capacidad de intervención. Gobernadores, intendentes y dirigentes nacionales saben que conserva influencia sobre una militancia activa y sobre una parte importante de la identidad peronista reciente. Incluso quienes buscan una renovación del espacio suelen evitar una ruptura frontal porque entienden que Cristina todavía puede influir sobre la legitimidad interna de cualquier liderazgo emergente.

Al cabo, tal vez la figura de Cristina funcione como la economía: por confianza, o como en la religión: por fe. Si nadie cree en ella, su liderazgo desaparece. Si la gente cree que ella puede cambiar el rumbo de un país, su poder crece, pero no parece ser esta última teoría la que esté en vigencia.

Aunque su palabra, conserva valor. Pero ya no vale por su potencial electoral sino por su capacidad para ordenar significados. Cristina habla menos y selecciona cuidadosamente los momentos. Interviene cuando percibe riesgos de fragmentación, cuando busca fijar posición frente al gobierno nacional o cuando entiende que está en juego la identidad del espacio político que construyó durante dos décadas.

La gran incógnita es cuánto tiempo podrá sostener esa centralidad. La historia del peronismo demuestra que ningún liderazgo es eterno y que las sucesiones suelen resolverse cuando aparece una figura capaz de ganar elecciones. Mientras eso no ocurra, Cristina seguirá ocupando un lugar singular: demasiado poderosa para ser considerada una dirigente retirada, pero demasiado limitada para ejercer plenamente el liderazgo que alguna vez tuvo.

No parece una leona domesticada. Tampoco una jefa todopoderosa. Se parece más a una leona agazapada: ya no domina toda la selva, pero todavía alcanza con un rugido para que los demás detengan la marcha y miren hacia donde ella está.