jueves 14 diciembre, 2017

Ecos de un caso emblemático.

El reconocido operador inmobiliario llegó aquella tarde soleada de primavera por primera vez a la peluquería de la avenida Meeks y esperó su turno para ser atendido. Desde adentro del local podía escucharse el bullicio exterior de niños y jóvenes arropados con bleizers y kilts que salían de dos colegios bilingües emplazados muy cerca de allí.

Pero no era precisamente el corte de cabello ni las dotes del estilista para tratar su cabeza lo que le preocupaba al novel cliente. Lo importante era entrar en conversación con el coiffeur del modo más natural posible. Su verba prominente y algo confusa, sumada a su selectiva simpatía -herencia inestimable de la profesión-, prometían allegarlo a buen puerto.

Omi, el peluquero, aunque lo desconocía, ya tenía echada su suerte. Había sido “caminado” por el rematador, que conocía al dedillo la composición de su grupo familiar, y, sobre todo, cómo había invertido parte de sus ahorros. Era un “blanco” apetecible.

En las sucesivas visitas a la peluquería y a través de las ya clásicas charlas que suelen ir ganando en intimidad entre estilista y cliente, el martillero fue captando la confianza de su nueva presa.

La ficticia empatía del operador inmobiliario fue direccionándose con pragmática habilidad hacia su mira, puesta en un importante inmueble ubicado en una estratégica esquina de la mismísima avenida en la que Omi pulía la cabellera de su “cliente”, a la vez que desnudaba inocentemente sus debilidades. Así, el coiffeur le contaba que había logrado alzarse como propietario de esa vivienda, fruto de las reservas que supo acumular con el dedicado empleo de las tijeras.

El rematador dio en el blanco: Omi no tenía en claro bien qué hacer, qué utilidad darle a la valiosa propiedad. ¿Quién mejor que él, por entonces ya erigido en un nuevo “amigo” del peluquero, para aconsejarlo sobre las portentosas posibilidades que ofrecía el mercado?

Las cualidades de Omi sólo pasaban por su apego al trabajo y la generación de ahorros. Poco tiempo le quedaba para aventurar negocios redituables a futuro, y nulos eran sus conocimientos sobre cuestiones legales.

Después de su última ida a la peluquería aquella tarde ya veraniega, el operador se marchó caminando bajo la sombra de la generosa arboleda de plátanos que costea la avenida Meeks. El hombre iba frotándose las manos, y no era para menos: sabía que estaba a punto de dar uno de sus grandes golpes.

Continuará…

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