miércoles 19 septiembre, 2018

Por Eduardo Filgueira Lima (*)

 

La reciente habilitación para la discusión sobre la despenalización del aborto concentró la atención de gran parte de la ciudadanía, en particular, aquella que soporta en gran medida las consecuencias económicas de las circunstancias actuales. Otro tanto -pero en clave ampliada- juega el mundial de fútbol, que representa nuestro deporte pasión.

 

Los dos episodios han logrado que, con buenos motivos, la atención de la mayor parte de la ciudadanía estuviera dirigida a aquellos aspectos que más nos conmueven e interesan.

Está visto que, como es comprensible, aprovechemos los espacios “ventana” que tenemos para desvincularnos de los temas que pueden ser una amenaza y/o un previsible dolor a futuro, como las cuestiones económicas que desde hace varias semanas parecen entrar en erupción.

 

Nuestras ocupaciones deseables se vinculan a lo conocido, al ámbito del trabajo, a nuestros afectos, a nuestros gozos y nuestras preocupaciones, con la incertidumbre de lo que puede provocarnos zozobra o daño. En ese sentido, los dos temas que menciono (despenalización del aborto y Mundial) son los que nos han ocupado y apasionado (el fútbol todavía lo hará por un rato), quitándonos por un tiempo las preocupaciones por las amenazas económicas que se presentaron.

 

Parece difícil de creer que esas amenazas tomaran de sorpresa a un gobierno desprevenido. Por lo menos, no parecía estarlo el presidente del Banco Central Federico Sturzenegger, enredado en contener la escalada del dólar con la elevación de las tasas de interés y la intervención del Banco Central[i]. Muy probablemente, esa intervención no sería -como no fue- efectiva en términos de lograr la estabilidad del dólar con un techo de 25 pesos, porque fue el mercado el que finalmente definió su precio[ii].

 

Sturzenegger pagó el precio personal de su lícito empecinamiento, que muy probablemente no fuera el mismo que sostenían otros funcionarios del gobierno, ya que la elevación del valor de la divisa puede verse desde por lo menos dos puntos de vista diferentes: del lado del “vaso vacío”, por ejemplo, se sabe que muy probablemente pueda impactar en los indicadores de inflación, cuestión muy sensible a la población y frente a lo que estamos todos prevenidos, aunque sólo algunos tengan herramientas para defenderse. Pero desde otro punto de vista -el “vaso medio lleno” (¿?)- una devaluación permite equilibrar y reacomodar (por lo menos por un tiempo) muchas otras variables que resultan obligadas al Gobierno.

 

Es por ello por lo que me planteo si no fue de interés de muchos y del mismo gobierno “dejar ir” un dólar retrasado, que ya resultaba incontenible y al que el mercado le pondría irremediablemente su precio.

 

En estas condiciones, el presagio de muchos economistas[iii] no pareció cumplirse… por el momento, con lo cual quiero decir que la política -si ese fue su presumible remedio- parece haber sorteado, por el momento, la anunciada crisis. ¡Lo que no sabemos es por cuánto tiempo! Y en este aspecto, los argentinos somos duchos en mantenernos alertas.

 

Por otra parte, y ya es un punto común, el planteo referido al enorme gasto público que debemos afrontar con un gigantesco Estado que ya no encuentra fuentes genuinas de financiamiento. Varias han sido las propuestas de bajar el gasto público, cuya mayor parte es inflexible a la baja, debido a que un 70 por ciento es gasto social y su reducción implicaría un alto costo político, según es de criterio común en los altos niveles de gobierno.

 

Pero una devaluación que, en pocos meses, alcanza un 40 por ciento, también puede servir como un medio para reducir -no en términos nominales, pero sí reales- el gasto público. Seguramente, el gasto público insumirá la misma cantidad de pesos, pero demandará -devaluación mediante- menos dólares para su financiamiento. Esto significa un “asiento contable resultado” de menor cantidad en dólares imputados al gasto público.

 

¿Es acaso una solución? ¿Es realmente una baja del gasto público? ¡No, no lo es! El Gobierno no ha modificado un ápice la estructura gubernamental burocrática y obsoleta que mantiene. ¡Sólo ha ganado tiempo! Es un tiempo que inicia un nuevo ciclo. Otra vez parecemos estar como al principio, y el Gobierno -que lleva dos años dilatando reformas fundamentales- no ha hecho nada ni parece plantear hacer nada. Ante lo inevitable, sólo dejó que Sturzenegger haga primero “los deberes”, y cuando no pudo, lo desplazó y se acomodó a la virtuosa emergencia del dólar.

 

Como en las películas policiales: “¿Quién ha sido el beneficiario del asesinato?”. Y, “las pruebas” nos conducen al Gobierno, que del lado del “vaso medio lleno”, reduce el peso relativo de su financiamiento en dólares.

 

Por otro lado, esta nueva situación induce a liquidar exportaciones, por lo que es de esperar que, a mediano plazo, se reequilibre la balanza comercial. Con seguridad, esto es también un ajuste del sector público en la medida que los salarios, jubilaciones, pensiones, planes, etcétera, se midan en dólares. Y esto podría tener impacto sobre el poder adquisitivo de este sector si el incremento del valor de la divisa se traslada a precios (pass-through).

 

Pero en el Gobierno se espera que este traslado a precios no sea lineal y que sólo impacte en algunos productos y en proporciones menores. Es decir, muy probablemente, la apuesta es que el “pass-through” sea bajo (en algunos productos, 25 por ciento, y en otros, hasta el 30) y el impacto sobre la inflación sea de baja intensidad. Como la predictibilidad de una ciencia, como la economía es limitada, creo que debemos esperar algún tiempo para constatar cuánto.

 

El Gobierno ha ganado tiempo y, paradojalmente, el tiempo se lo ha dado el mercado. Pero este sinceramiento le ha permitido ganar tiempo sin tocar las estructuras del Estado y hacer las reformas necesarias.

 

En el proceso, el Gobierno debe saber que ese tiempo es corto y se acotará en la medida que los dependientes del Estado inicien sus demandas de recomposición de ingresos en términos de dólares. Así, el Estado volverá a ser una carga insostenible.

 

Otras medidas como los reemplazos de Cabrera y Aranguren[iv], si van en la misma línea, serán valoradas sólo como cosméticas.

 

El tiempo para hacer reformas es sumamente corto. Es tiempo de descuento y, llegado el momento, la política deberá hacer lo necesario, o deberá encontrar otro escondrijo para alguna maniobra que eluda responsabilidades.

 

(*) Dr. Carlos Eduardo Filgueira Lima (MD, Mg.HS&SS, Mg.E&PS, PhD.PS)

[i] La intervención del Banco Central significó la erogación de más de u$s9.500 millones

[ii] Que finalmente definirá en cada momento, el precio si se conviene en su libre flotabilidad

[iii] Muchos economistas presagiaban “una brutal crisis” … “un Titanic que va a chocar” … etc

[iv] Francisco Cabrera fue reemplazado por Dante Sica y Juan José Aranguren por Javier Iguacel

Política Del Sur
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