martes 18 de junio de 2019 - Edición Nº3290

Nación | 21 may 2019

OPINIÓN

Argentina invertebrada y desintegrada

En esencia, este artículo lo publicamos hace casi dos años y ahora lo reiteramos en sus líneas fundamentales, porque la realidad que dio origen al título no sólo se mantuvo inalterada, sino que se ha agravado, en medio de un festival de candidaturas electorales que se definen más como casting de actores que como dirigentes políticos responsables con un mensaje claro.


Por:
José Arturo Quarracino y Juan Carlos Vacarezza

En 1921, el filósofo español José Ortega y Gasset escribió un libro, España invertebrada, en el que intentó determinar y definir la crisis histórica del proyecto que forjó la Nación española. Lejos de detenerse en determinados aspectos coyunturales, el autor pretendía explicar la desarticulación del proyecto de vida en común que España padeció en las primeras décadas del siglo XX. Pero no se limitó a analizar el presente político español, sino que se remitió al análisis de las raíces históricas que llevaron a la decadencia contemporánea de España.

 

Para el pensador, la España del siglo XX era una nación invertebrada, su decadencia no constituía una circunstancia coyuntural, sino que era algo más profundo, que hundía sus raíces en la historia moderna de la nación ibérica. España como país o nación había sido creación de Castilla, de su famosa reina Isabel la Católica, en unión con el reino de Aragón y su monarca Fernando.

 

Fruto de esa creación castellana resultó la colonización americana, “lo único verdaderamente grande que ha hecho España”, según Ortega y Gasset, para quien desde 1580 la historia de España es decadente y dispersiva, ya que “el proceso de desintegración avanzó en riguroso orden desde la periferia al centro”, pues España fue perdiendo de a poco sus posesiones ultramarinas, para finalmente encontrarse a comienzos del siglo XX en un proceso de dispersión interior, a través del auge de los regionalismos, los nacionalismos y los separatismos experimentados, constituyéndose así como una nación invertebrada.

 

¿Por qué España es una “nación invertebrada”? Porque cada grupo ha dejado de sentirse a sí mismo como parte y ya no comparte los sentimientos de los demás. Ha adquirido cada vez mayor peso el particularismo, la segregación, el provincialismo, el localismo. Ha dejado de existir la Nación como proyecto sugestivo y sugerente de vida en común.

 

Pero la decadencia española, su configuración como nación invertebrada, no ha sido solamente un proceso de desmembramiento territorial. También ha sido un proceso de invertebración histórica, en el sentido de que la comunidad humana, organizada y estructurada como una nación por una élite de individuos selectos, se disolvió en cuanto desapareció el vínculo de la masa con la minoría que la dirigía y conducía, que cumplía esta misión no por manu militari o por tener riqueza opergaminos, sino por tener la capacidad y la grandeza de inculcar un sentimiento común y de forjar un destino colectivo, en el que todos estaban y se sentían integrados.

 

El diagnóstico hecho por el autor mencionado sobre España bien puede aplicarse a nuestra situación histórica y política actual, con las reservas que hay que tener presentes siempre a causa de las diferencias y distancias históricas que han atravesado los respectivos países. Pero más que hablar de una Argentina invertebrada, es decir, de nuestro país como un organismo sin una columna vertebral que le dé estabilidad, estructura interna y cohesión, bien podemos hablar de una Argentina desintegrada.

¿Por qué? Porque como Nación hemos sido llevados a un estado de postración y de degradación como pocas veces se ha visto en la historia.

 

Después de largas décadas de enfrentamientos y desencuentros, a partir de 1943 nuestro país logró ser una comunidad que conoció no sólo el crecimiento económico, sino también el desarrollo social que hizo posible el ascenso social de una gran mayoría de compatriotas y habitantes históricamente postergados. Logramos dejar de ser un país simplemente habitado a constituirnos como una Nación socialmente justa, como miembros integrados de una comunidad organizada. Pudimos ser un país que creció económicamente en forma independiente, sin recurrir al endeudamiento externo crónico como fuente de financiamiento siempre dependiente y limitador. En síntesis, la gran mayoría de los trabajadores en Argentina conoció y vivió en carne propia el progreso social, como nunca después pudo experimentarlo.     

 

Pero hoy esa Argentina organizada e integrada parece haber pasado a la historia. A partir de 1976, y en un proceso que no se detuvo nunca, hemos pasado a ser una sociedad anómica, es decir, un país en el que las leyes sólo tienen existencia virtual en el papel, porque carecen de toda vigencia. El mérito y la capacidad han dejado de ser la condición para ocupar cargos público y fueron reemplazados por el amiguismo y la pertenencia sectaria a un “espacio” privilegiado.

 

A modo de ejemplo, hemos visto en los últimos años que para ser ministro responsable de la Defensa Nacional se podía ser dentista, psicólogo social, empresario, colectivero, abogado, excepto conocedor o experto en el tema, porque ello significaba la exclusión inmediata. O para ser responsable de las Relaciones Exteriores de la Nación se podía ser sociólogo mudo o periodista, o socio miembro de un organismo pseudo no gubernamental subsidiado por gobiernos y naciones históricamente enfrentados a nuestro país o por instituciones dependientes del poder financiero internacional.

 

En los últimos años, soportamos la inmoralidad de ver que para ser ministro de la Nación se “debe tener” la mayor parte del patrimonio personal radicado en el extranjero o en paraísos fiscales. O que bien se puede ser proveedor de la Nación en materia de obras públicas, al mismo tiempo que se es acreedor personal de máximas autoridades nacionales. O que se puede ser secretario de Comercio, al mismo tiempo que se es miembro de la familia dueña de la mayor cadena de supermercados del país, y se permite la importación indiscriminada de productos alimenticios, perjudicando la producción de las economías regionales. O que se puede ser “ministro de la Producción” y cobrar mensualmente un sueldo de seis cifras, mientras el país se desindustrializa y aumenta la importación de bienes y productos que se producen en el país. O que como ministro de la Nación, se pueden hacer negocios de importación de energía con empresas radicadas en paraísos fiscales.

 

También hemos podido ver cómo se han convertido en voceros de la oposición aquellos que, por ejemplo, en su “gestión” como ministros perdieron o extraviaron armas, municiones y hasta un misil sin que se les cayera la cara de vergüenza. O también podemos ver que “soldados” y serviles servidores del Proceso de Reorganización Nacional se constituyen en maestros y predicadores de la “democracia”, o bien ocupan cargos legislativos. Expertos en fracasos y traiciones, pretenden ser los ideólogos de los nuevos tiempos de una “democracia” líquida, no sustentada en valores ni principios, sino en prebendas y negocios.

 

Pero según nuestro modesto entender, lo peor de todo ha sido el antagonismo anímico institucionalizado en el mismo campo social y popular. Hoy estamos a años luz de sentir que “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”, sentimiento de hermandad reemplazado por la brecha visceral que nos separa entre trabajadores “que viven de su esfuerzo” y “planeros mantenidos”, como bien destacó el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga en un certero artículo publicado hace casi dos años (“El peronismo tiene su propia grieta”en La Nación, edición del 23 de agosto de 2017).

 

En definitiva, somos un país sin rumbo, agrietado y desintegrado, olvidados de nuestras raíces históricopolíticas y del mandato histórico al que estamos llamados a cumplir como Nación. Hemos ingresado al proceso de globalización y de nuevo ordenamiento mundial emprendido por el imperialismo internacional del dinero, pero desarraigados y despojados de nuestra personalidad histórica, popular y nacional. Al no tener presentes nuestras raíces y nuestra memoria histórica, no sabemos ni podemos definir hacia dónde queremos marchar como comunidad nacional.

 

Más de tres siglos antes de Cristo, el gran filósofo griego Aristóteles enseñó que sin una patria que lo cobije, el ser humano se convierte en una bestia. Estas últimas décadas muestran acabadamente que el gran filósofo de la Antigüedad tenía razón: desde la violación y el asesinato de los propios hijos o parientes, el asesinato salvaje de mujeres por parte de sus “compañeros” de vida, la explotación laboral a destajo en talleres clandestinos, la violencia descontrolada en centros urbanos cooptados o dominados por el narcotráfico, la vida de lujo y lujuria de unos pocos frente al empobrecimiento general de quienes intentan vivir dignamente… Todos estos ejemplos ponen en evidencia que ya hemos cruzado el umbral mínimo que define a un Estado organizado para convertirnos en un territorio en el que estamos asentados en medio de una jungla sin ley ni Derecho.

 

En esta misma línea, el General Perón nos dejó como última enseñanza que frente al proceso de universalización en marcha ya en la década del 70 y para no ser ni esclavos ni títeres de los poderosos, los argentinos debíamos recorrer ese proceso, pero siendo “más argentinos que nunca, porque el desarraigo anula al hombre y lo convierte en indefinido habitante de un universo ajeno”. Que para ello debíamos instaurar una morada en la tierra, es decir, debíamos institucionalizar la Patria para habitar y realizar acabadamente nuestra esencia como Pueblo y Nación soberana (Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Tercera Parte, “Conclusiones y Apertura”), artífices de nuestro propio destino.

 

Sólo PONIENDO EN ACCIÓN ESTE MANDATO DE PERÓN, en el contexto del MODELO ARGENTINO para el siglo XXI podremos superar la desintegración que nos ha degradado, postergado y animalizado a profundidades nunca vistas. Más que insistir en fórmulas ideologizadas y copiadas del viejo mundo fracasado, el único camino que podemos recorrer es el de VOLVER A FORJAR LA COMUNIDAD ORGANIZADA, concebida como Comunidad Integrada, en la que cada uno de sus miembros sienta a la Argentina como propia y viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los principios que alienta la Patria.

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