sábado 15 de diciembre de 2018 - Edición Nº3105

Opinión | 20 nov 2018

Perón vuelve: dignificar a la Mujer y a la Familia para que la Argentina renazca

Al cumplirse el 46º aniversario del retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina, después de casi 18 años de injusto e infame exilio, nos parece que es importante y fundamental permitirle volver del exilio histórico al que los argentinos lo hemos condenado después de su fallecimiento, para recoger y hacer realidad el legado que nos dejó.


 

Los argentinos estamos viviendo una particular situación dramática, a punto de padecer la desintegración de nuestra querida Argentina y de no encontrar el rumbo del destino al que estamos llamados por vocación histórica. Por eso, para encontrar el itinerario que hemos perdido, se torna imperativo rescatar a Perón del exilio histórico y la luz de su pensamiento visionario y de su concepción estratégica, más vigentes que nunca.

 

En su mirada visionaria, Juan Domingo Perón anunció varias veces que “en el año 2000 los argentinos íbamos a estar unidos o dominados”. Transcurridos ya casi veinte años de esa fecha, los argentinos nos encontramos sometidos a la peor de las dominaciones, como es la postración espiritual y doctrinal, fruto del olvido de nuestra gran tradición histórica nacional y del abandono de la concepción humanista y cristiana de la vida, para abrazar concepciones políticas “progresistas”, extrañas al pensar y sentir nacionales.

 

Al retornar a la Argentina en 1972, Perón insistió varias veces en que el problema más grave que sufría la Argentina era la “destrucción del hombre”. Teniendo en cuenta las vicisitudes y circunstancias que hemos vivido desde entonces, bien podemos decir sin temor a equivocarnos que el problema se ha agravado a límites que son casi imposibles de expresar conceptualmente. Más que desintegración, parecería que la Argentina está inmersa en un profundo proceso de degradación, casi imposible de curar.

 

En su último discurso ante la Asamblea Legislativa, el 1 de mayo de 1974, Perón sostenía: “Nuestra Argentina necesita un Proyecto Nacional, perteneciente al país en su totalidad. Estoy persuadido de que, si nos pusiéramos todos a realizar este trabajo y si, entonces, comparáramos nuestro pensamiento, obtendríamos un gran espacio de coincidencia nacional”. En este marco, exhortaba a los intelectuales nacionales a “comenzar por recordar que el país necesita un modelo de referencia que contenga, por lo menos, los atributos de la sociedad a la cual se aspira, los medios de alcanzarlos, y una distribución social de responsabilidades para hacerlo. Este proceso de elaboración nacional tendrá que lograrse convergiendo tres bases al mismo tiempo: lo que los intelectuales formulen, lo que el país quiera y lo que resulte posible realizar”.

 

Lamentablemente, estas y otras orientaciones estratégicas de nuestro querido General han caído en el olvido. Nada de lo que anunció y propuso supimos llevarlo a cabo y hacerlo realidad.

 

En el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional se encuentra expresado el legado y herencia que Perón nos dejó a los argentinos para recorrer con dignidad el período histórico que debíamos recorrer y que todavía estamos transitando. En él expuso con toda claridad la disyuntiva de fondo que enfrentábamos como Nación y Pueblo frente al naciente proceso de globalización que los “amos del Universo” (el poder financiero internacional) estaban comenzando a nivel planetario, si bien esta incipiente universalización del planeta -como él la denominó- constituía un camino que la humanidad en su conjunto iba a recorrer inexorablemente (“la sociedad mundial se encamina hacia un universalismo”) y que ese itinerario estaba trazado, razón por la cual los argentinos debíamos prepararnos para recorrerlo e integrarnos a él, pero conservando la indispensable preservación de nuestra identidad como pueblo.

 

Para integrarnos dignamente, Perón nos exhortaba (y exhorta también hoy) “a robustecer una profunda cultura nacional, como único camino para consolidar el ser nacional y para preservar su unidad en las etapas que se avecinan”. En definitiva, “el universalismo constituye un horizonte que ya se vislumbra, y no hay contradicción alguna en afirmar que la posibilidad de sumarnos a esa etapa naciente descansa en la exigencia de ser más argentinos que nunca”, porque “el desarraigo anula al hombre y lo convierte en indefinido habitante de un universo ajeno”.

 

En este contexto, el General hablaba de forjar un nuevo renacimiento de la Patria, dado que ésta es la morada que el ser humano instaura en la tierra para habitar en ella y realizar su esencia en plenitud. Pero esta morada no es sólo una realidad externa que nos cobija, sino que además y fundamentalmente, habita en el corazón de cada uno de los hombres.

 

Desgraciadamente, los peronistas en particular y los argentinos de bien en general hemos echado en el baúl de los recuerdos este Legado de Perón. Pero el poder mundial, que no es estúpido ni ignorante, se ha ocupado de leerlo y, principalmente, de estudiarlo. Prueba de ello es que leemos con atención y en detalle las propuestas del Modelo Argentino, y por otra parte, si “leemos” cómo ha sido configurado nuestro país, podremos ver con toda claridad que la sociedad argentina actual está estructurada en forma totalmente contraria y antagónica a la propuesta por el modelo.

 

Lejos de ser una comunidad organizada, hoy somos más bien grupos sociales y políticos desestructurados del conjunto de la sociedad; carecemos totalmente de soberanía política, independencia económica y justicia social; lo políticamente correcto y el “multiculturalismo” progresista y extranjerizante, arraigado en el progresismo anglo-británico, han desplazado a la cultura nacional; y en el colmo de la colonización cultural, ideológica y doctrinal, una buena porción del progresismo “políticamente correcto” quiere imponer a nuestro pueblo, y en especial a nuestras mujeres, la aberración de que matar al hijo es un derecho.

 

Si con Perón y Eva en la Argentina “los únicos privilegiados eran los niños” y uno de los objetivos más preciados de la política peronista era “lograr que los niños aprendan a sonreír desde la infancia”, el imperialismo internacional del dinero pretende, con la complicidad de liberales y progresistas “nac&pop”, que los niños por nacer sean los únicos privilegiados que sufran la pena de muerte, porque sus madres “tienen” el derecho de matarlos o hacerlos matar.

 

En una dirección totalmente contraria a esta mutación de la naturaleza femenina, en muchos de sus mensajes y discursos, Eva Perón hablaba de las mujeres como “hijas, esposas y madres”, pero hoy la antipatria pretende que ellas sean además, y en esencia, asesinas de sus hijos, locura que cuenta con la complicidad de pseudo peronistas que manipulan y prostituyen el nombre de la Abanderada de los Humildes, levantando hipócritamente su figura, pero utilizando el lenguaje más propio de una Hillary Clinton o Simone de Beauvoir.

 

Hoy se visualiza con toda claridad que uno de los dispositivos que ha implementado el poder mundial en su ala progresista para someter culturalmente a los pueblos y debilitar su resistencia a la recolonización de sus países es la promoción del feminismo radical o a ultranza. Mediante este feminismo deforme, el progresismo pretende instaurar en el seno de la comunidad y en las familias la lucha de sexos, en la que el varón es el explotador (patriarcado) y la mujer es la explotada que debe liberarse a través de la destrucción y aniquilación de su adversario. Así, se desnaturaliza la naturaleza y esencia de la mujer en su femineidad para convertirla en una caricatura payasesca de sí misma.

 

Esta deformación de la mujer constituye uno de los ataques más profundos contra la conformación de una verdadera y sólida comunidad nacional, teniendo en cuenta los valores insustituibles y humanizadores que aporta la mujer en el seno de la familia, célula básica para la edificación de la comunidad social y política, tal como lo ha definido magistralmente el filósofo griego Aristóteles, hace más de 2000 años.

 

Frente a esta agresión anticultural, es necesario redignificar a la mujer argentina en su ser femenino pleno y se impone que asuma el protagonismo que este momento histórico le reclama, para bien y defensa de la comunidad humana y de la humanidad. Hoy, la Argentina necesita que la mujer recupere su rol de responsable de la reconstrucción cristiana y humana de la familia, por eso mismo su base fundamental e insustituible, como representante de lo incontaminado y veraz.

 

Hoy, la Argentina necesita que la mujer recupere su dimensión matrimonial, en el sentido que puede cumplir con su misión de madre en tanto logra ser esposa y amiga del varón con quien forjan, en unidad, un destino al servicio de la familia y de la Nación. No hay que olvidar que, históricamente hablando, siguiendo las enseñanzas de Eva Perón, las mujeres argentinas nunca reclamaron el poder contra sus compañeros de vida y destino, sino que reclamaron el poder de trabajar junto a los varones para mejor servir a la comunidad, para forjar un mundo de paz, amor y justicia social, no para realizarse en forma exclusivamente individual.

 

Hoy, la Argentina necesita que la mujer recupere su rol de madre al servicio de la humanidad, porque ella no es un “género”, sino un ser portador de lo sagrado y de la vida. Porque la misión sagrada que tiene la mujer no sólo consiste en dar hijos a la Patria, sino hombres a la Humanidad. Hombres en el sentido cabal y caballeresco de la hombría, que es cuna del sacrificio cotidiano para soportar las contrariedades de la vida y base del valor que inspira los actos sublimes del heroísmo cuando la Patria lo reclama. Hombres austeros, que forjen su vida al calor del hogar, donde siempre palpita un corazón de mujer.

 

Hoy, la Argentina necesita que la mujer se constituya en pilar del hogar familiar, porque éste no representa un lugar de frustración para ella, sino el ámbito pleno de su realización personal. En este sentido, el hogar -santuario y célula madre de la sociedad- es el campo propicio y específico en el que el trabajo de la mujer, en bien de la Patria y de sus hijos, se ejerce cotidianamente y ofrece mayores perspectivas de contribuir a moldear hombres dignos de cada momento histórico de la vida nacional. Es que el hogar es el centro sensible por excelencia del corazón de la Patria y el lugar específico para servirla y engrandecerla.

  

En este renacimiento argentino que anhelamos, el hombre es el principio y fin de la comunidad que lo cobija y lo nutre, en una relación armónica y amorosa. Como expresión universal, todo hombre lleva en sí en forma permanente caracteres que son como huellas secretas de la mano de Dios, en una existencia impregnada de espiritualidad y en plena posesión de su conciencia moral. Pero para tener existencia real, en su universalidad, el hombre debe conectarse a una tierra determinada e insertarse en un proceso histórico concreto, comprometido moralmente con el destino de la tierra que lo alberga.

 

La familia es el ámbito en el que el ser humano -varón o mujer- puede lograr esta realización plena universal-concreta. En este sentido, la familia es el núcleo primario o la célula social básica cuya integridad debe ser resguardada a toda costa.

 

Y el matrimonio -tal como lo define el Derecho Romano, en cuanto unión de varón/mujeres “la única base posible de constitución y funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia”, que se materializa no sólo como un contrato jurídico, sino como una unión de carácter trascendente, porque llama a cumplir una misión. Esta misión no sólo consiste en prolongar la vida sobre la tierra, sino en proyectarse hacia la comunidad en cuyo seno se desenvuelve. De este modo, la vida familiar supera el ámbito puramente individual y se inserta en una dimensión social y espiritual, que es lo único que puede justificarla ante la historia de nuestra Patria.

 

Los vínculos que unen a la familia y le permiten ser tal son: la unidad de ideales, un adecuado proceso formativo para fortalecer esa unidad de ideales, la responsabilidad última de los padres en su deber de orientar y acompañar a los hijos en su desarrollo integral y la solidaridad interna del grupo familiar, en la que los niños aprender que amar es dar, que amar es sacrificio y entrega sin límites para los demás, como escuela de la donación de sí mismo para bien de la comunidad.

 

Así concebida, la familia es el tránsito espiritual imprescindible entre lo individual y lo comunitario, en una forma tal que la comunidad nacional inserta sus valores en la vida familiar, y la familia difunde en la comunidad una corriente de amor, fundamento imprescindible de la justicia social.

 

Frente a la desolación impuesta a nuestra Nación, en la que se han disuelto los lazos espirituales entre los miembros de la comunidad y nos sentimos individuos que sólo pueden realizarse en sí mismos, sin atarse o rechazando lo comunitario (la bestia humana, según Aristóteles), se torna imperioso impulsar el renacimiento de la familia como escuela de amor y sacrificio, en la que cada uno sólo encuentra su felicidad y su razón de ser porque contribuye a la felicidad y razón de ser de quienes viven a su alrededor.

 

Sin un profundo renacimiento humanista y cristiano de la Argentina y de cada uno de sus hijos será imposible hacer realidad las banderas histórico-políticas que nos definen como argentinos. Sólo contribuyendo a forjar la felicidad ajena, la felicidad de quienes forman parte de nuestra experiencia vital (familia, compañeros de trabajo, etcétera) es que cada uno de los miembros de la comunidad podrá realizarse en plenitud: no en contra del otro, sino armónicamente integrado con él.

 

La redignificación de la Mujer y el renacimiento de la Familia como célula social básica será el más sólido punto de partida para una auténtica y verdadera recuperación de nuestra Patria y de su vocación y misión históricos.

 

José A. Quarracino                                        Juan Carlos Vacarezza

Secretario Político                                               Secretario General

Movimiento “Primero la Patria”

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