lunes 12 de noviembre de 2018 - Edición Nº3072

Opinión | 11 sep 2018

Si dicen que son peronistas, ¿por qué no se inspiran en Perón?

La militancia política justicialista se ha reducido a hablar de Perón como figura del pasado, de lo que hizo y de lo que dijo, pero sin proyectar en el presente y hacia el futuro su proyección espiritual, cultural y doctrinal, es decir, su legado motivador y orientador en esta hora tan dramática para nuestra Patria y para nuestro sufrido pueblo.


A través de varios artículos publicados en este medio, pusimos de relieve y destacamos el camino al fracaso que tenía la actual gestión gubernamental, al pretender imponer una política bien liberal en lo económico y social, que tiene como objetivo retrotraer a la Argentina a la nefasta “Década Infame”, previa a la llegada de Perón y del justicialismo a la historia nacional.

Luego del golpe de Estado contrarrevolucionario de setiembre de 1955 se quiso intentar lo mismo, tanto por parte de gobiernos civiles como de facto, con el fracaso absoluto como resultado prácticamente “cantado”, pues si algo enseña la historia es que los procesos políticos que tienen el retroceso como meta marchan inexorablemente al derrumbe.

En este sentido, ha llamado la atención la frase convertida en muletilla por varios dirigentes políticos del oficialismo, acompañados de repetidores mediáticos y analistas políticos liberales, que expresa que “venimos de 70 años de fracaso político y económico”, que recién ahora se estaría superando gracias al “cambio” que expresaría y estaría llevando a cabo el actual gobierno nacional. Pero hablar de 70 años hacia atrás es remitirse a 1948, incluyendo al peronismo (justicialismo) como partícipe o causa del fracaso nacional, lo cual constituye en realidad una mentira histórica que los datos económicos y sociales disponibles en archivos oficiales y en innumerables estudios nacionales y extranjeros demuelen sin compasión. Basta leer simplemente el libro escrito por el historiador y economista británico H. S. Ferns, La Argentina, claramente pro-british, antiargentino y antiperonista, en el que reconoce la obra revolucionaria que llevó a cabo Perón en sus dos primeras presidencias (pp. 246-247).

Que nuestro liberalismo vernáculo visualice a Perón y su política de gobierno como el inicio de la decadencia política y económica argentina responde a su concepción ideológica y es coherente con ella. Pero resulta llamativo y sorprendente que ejemplares típicos de “nuestro” progresismo (dicho sea de paso: ¿qué es ser progresista en Argentina?) autodefinidos “liberales de izquierda” (¿?), como Juan José Sebreli o inconfesos miembros de una organización política supranacional suizo-norteamericana como Fernandito Iglesias, coincidan en esa misma visión liberal-oligarca del tristemente célebre Álvaro Alsogaray o del siniestro “general” Albano Harguindeguy. Evidentemente, a liberales y progresistas los une el odio visceral al antiperonismo.

En este punto, surge un interrogante: ¿por qué quienes se dicen dirigentes “peronistas” permiten que estos especímenes políticos mientan históricamente y manchen la figura y la memoria del fundador del justicialismo? ¿Por qué sólo se limitan a hacer una simple mención “histórica” del justicialismo y de su obra revolucionaria y se resisten al liderazgo espiritual y doctrinal de Perón y de su legado, que es lo que sigue vigente cada vez más?

Lamentablemente, la militancia política justicialista se ha reducido a hablar de Perón como figura del pasado, de lo que hizo y de lo que dijo, pero sin proyectar en el presente y hacia el futuro su proyección espiritual, cultural y doctrinal, es decir, su legado motivador y orientador en esta hora tan dramática para nuestra Patria y para nuestro sufrido pueblo, así diagnosticada hasta por los mismos analistas y economistas que simpatizan con el actual gobierno “macrista”.

En este sentido, es a todas luces innegable la incapacidad política de la dirigencia gubernamental en sus distintos ámbitos de acción, ejecutivo y legislativo. Sus miembros se creyeron los reyes de la gestión, pero resultaron ser los operarios del descalabro. Se paseaban por el mundo como los campeones del “cambio”, pero corrieron en chancletas y con la escupidera en la mano para arrojarse a los brazos del FMI. Ante una “oposición” atomizada y fragmentada al extremo, chocaron la calesita y se pusieron el país de sombrero.

El “mejor equipo de los últimos 50 años” sólo supo ser un gestor de grandes negocios especulativos para el sector financiero y un endeudador a todas luces irresponsable. Les molestaba (y molesta) ser identificados o llamados como “gobierno para ricos”, cuando en realidad ha sido un “(des)gobierno para millonarios y para los grandes inversionistas internacionales, especulativos y depredadores”.

Como ha informado este domingo el analista económico Pablo Wende en el diario Infobae en su nota “El déficit cero viene con impuestazo incluido y no se salva nadie”, la mejor idea que ha tenido el gobierno nacional para enfrentar la crisis que su incapacidad ha generado es hacer caer todo el peso del ajuste en el sector privado en su totalidad -productores y trabajadores- y en el sector laboral de la función pública. ¿Quiénes se salvan del ajuste? Los que forman parte de las estructuras políticas del Estado.

Ante esta perspectiva dramática, en vez de imitar el ejemplo de vida del General, la “oposición” sólo ha atinado a copiar sus gestos, pero sin su mirada estratégica. Por eso ha confundido la unidad del pueblo y de la Nación con el rejunte de dirigentes, “para enfrentar al neoliberalismo endeudador”, pero con los mismos que han sido culpables, cómplices o responsables de la llegada de este al gobierno.

Ya en 1972, Perón no se cansaba de destacar que la Argentina vivía en ese entonces una situación complicada en sus raíces: lo más grave, decía siempre, que habían provocado los gobiernos de facto posteriores a 1955 eran la destrucción del hombre y la destrucción del Estado. De marzo de 1976 a la fecha, ambas destrucciones se han profundizado a niveles alarmantes.

Como el mismo Perón dijo en ciertas oportunidades, él había puesto en manos de la dirigencia afín su proyecto de país, pero esa dirigencia había convertido ese proyecto en un quiosco de golosinas y revistas.

Ante la degradación moral y política que hoy nos caracteriza, la “oposición” plantea, como hemos dicho líneas arriba, la unidad (de dirigentes) para producir un cambio de gobierno en el 2019, mediante el voto popular. ¿Con qué valores espirituales, morales y culturales? ¿Con qué proyecto de país, con cuáles orientaciones estratégicas? En este punto… silencio de radio. Pero en La Comunidad Organizada y en el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional Perón habla y propone el renacimiento nacional, es decir, hacer todo nuevo, hacer nuevas todas las cosas.

Proponemos volver a Perón en concreto, en reconocer y asumir su conducción estratégica imperecedera, más allá de su ausencia física, porque como dice un texto del Antiguo Testamento, “los que enseñan la Justicia en la Tierra brillan como estrellas por toda la eternidad”.

“Perón eterno, Evita inmortal”, sostiene una de las consignas más hermosas y orientadoras del justicialismo. Ante la necesidad de hacer renacer nuestra Nación, ante la necesidad de hacer realidad el legado justicialista de Perón, antes de toda acción táctica a presente y a futuro, es fundamental inspirarse y dejarse arrebatar el alma y el corazón por el ejemplo de los padres fundadores de nuestra Patria:

“Hay horas de la vida de los pueblos, como en la de los hombres, en que la oscuridad lo envuelve todo. Parecería que al conjuro de la maldición bíblica se malograsen hasta los anhelos más nobles y las aspiraciones más santas.

Es, a veces, el encadenamiento de sucesos infaustos ajenos a la voluntad humana, o hechos de la naturaleza que contrarían las más cautelosas previsiones, o la incomprensión de los hermanos, o la perfidia de los mezquinos, o todo eso junto, en un solo instante, en un solo minuto.

Son las horas de prueba a que Dios nos somete y de las que sólo emergen los que fortalecieron su alma en la fe: esencia divina capaz de remover las montañas, realizar acciones inverosímiles y de llegar a convertir los sueños en realidad.”

“En 1816, el Congreso de Tucumán “recibía a la Patria casi cadáver”, ha dicho uno de nuestros grandes historiadores. Y en verdad era así.

El desastre de Rancagua dejaba a Chile a merced de la reacción contrarrevolucionaria; las más oscuras conjuraciones conspiraban en Mendoza y Buenos Aires contra la expedición libertadora que preparaba el general San Martín; el enemigo triunfante en el norte se aprestaba para invadir el territorio argentino y asestar a la revolución el golpe de gracia; la montonera anárquica campeaba en el litoral; veteranas tropas portuguesas marchaban sobre la Banda Oriental para jaquear, desde Montevideo, el flanco de los patriotas; porteños y provincianos anteponían pasiones y rencillas lugareñas a la suerte común de la nacionalidad; en Buenos Aires, las rivalidades caudillescas convulsionaban el ambiente; en otras regiones de nuestra América -en el Cuzco, en Nueva Granada, en Venezuela- sucumbían, también, al contraataque realista.

El cuadro de la situación no podía ser más sombrío. Pero porque creyeron firmemente, porque tuvieron fe en sí mismos y en el destino glorioso de la Patria, porque veían la realidad futura presintiéndola en la exaltación mística de sus ideales, pudo el capitán de los Andes remover las montañas, convirtiendo el sueño de la libertad argentina en la bandera triunfante de la emancipación sudamericana, y pudieron los congresales de Tucumán rasgar las tinieblas que se cernían sobre la nación incipiente, proyectando sobre el mundo luz inextinguible, en su desamparada grandeza.

¡Qué solos y qué pobres, pero qué fuertes y espiritualmente ricos en virtudes propias de nuestra raza, debieron sentirse los fundadores de la Patria!”

“La verdadera fe, cuando Dios la concede para las grandes empresas, no es una gracia estática, es un soplo creador de inspiración dinámica que se abre en un haz de virtudes para perdurar a través del tiempo.

Es junto a la fe, la austeridad, que ahoga al egoísmo porque es ofrenda y sacrificio permanente; es junto a la fe, la solidaridad, que mata la flaqueza porque es aliento fraternal recíproco; es junto a la fe, la lealtad, que enaltece la propia estimación porque es decoro, respeto de sí mismo y el alimento espiritual más maravilloso con que se debe nutrir el noble corazón del soldado; y es la fe, junto a la camaradería, que une especialmente a todos los hombres de armas para realizar acciones de contenido heroico y de trascendencia legendaria. Virtudes militares, como veis, han sido y siguen siendo virtudes del alma argentina.

Nacidos así a la vida independiente, echamos a andar por nuestra cuenta. En ciento treinta años, el país recorrió muchas etapas, y en cada una de ellas, no todos los días fueron de sol; más de una vez hubo que doblar el cabo de las tempestades; y el cuadro entonces, si no idéntico, fue siempre parecido; la conjuración de factores aciagos, internos y externos; la ceguera de muchos buenos, la sordidez de muchos malos; y en la puja irreducible contra la adversidad, los dones ancestrales de siempre vencieron.”

No se trata de ganar una elección, sino de refundar la Nación.

ES PALABRA DE PERÓN, PORQUE PERÓN VIVE.

José A. Quarracino                                        Juan Carlos Vacarezza

Secretario político                                               Secretario general

Movimiento “Primero la Patria”

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