miércoles 15 agosto, 2018

Como en otros momentos de la historia, estamos en vísperas de la tradicional festividad de la Navidad, en medio de un clima social y político impregnado de espíritus y sentimientos totalmente contrarios a los de la fiesta navideña.

Por Juan Carlos Vacarezza (secretario general) y José Arturo Quarracino (secretario político) – Movimiento Primero la Patria

Como hemos dicho y mostrado en reiteradas oportunidades, gracias al aporte de serios historiadores, las religiones y sus cuerpos de creencias han sido siempre la base y el fundamento de la vida en común, de las producciones culturales y de las civilizaciones que supieron forjar los pueblos y naciones a lo largo de la historia universal. Es decir, las convicciones religiosas y sus principios dogmáticos se proyectaron siempre en su vida cultural, familiar, social, económica y política, proporcionando los valores y principios sobre los cuales se sustentó y basó su existencia nacional.

En este contexto, no se puede poner en duda la influencia que el cristianismo tuvo a lo largo de la historia occidental y el basamento político y social que proporcionó en particular a esta región del mundo de la que formamos parte, fusionándose y mixturándose con las poblaciones indígenas que encontró al llegar a estas tierras de América.

Nadie está obligado a creer en el Dios bíblico, en su dimensión trinitaria y en su encarnación redentora, en su presencia real en los sacramentos, etcétera, cuestiones todas que pertenecen al ámbito de la fe religiosa. Pero sí todos pueden aceptar como universalmente válidas las consecuencias y proyecciones culturales y políticas de esas creenciasen tanto y en cuanto no son contrarias a la razón humana. Por ejemplo, que un Dios omnipotente se hace hombre y niño para redimir al género humano a través de su sacrificio expresa política y culturalmente que el Poder como tal es, en esencia, servicio y entrega sin límites, cuyo ejercicio dignifica a aquel que se beneficia con su acción. Significa que el Poder es fundamentalmente ejercicio de humildad y humillación -el superior se abaja hacia el inferior, y así lo eleva-, no un acto de soberbia del que se cree superior a los demás. Juan Domingo Perón supo muchas veces expresar esta verdad de hondo sentido religioso en una consigna política: “En política, no es la soberbia la que domina, sino la humildad la que gobierna.”

“Dios es la luz del mundo”, dice la fe bíblica y cristiana. La misión de la luz es iluminar a los demás, nunca a sí misma. Arde y se consume, sin obtener nada a cambio para sí, sino para beneficio de los demás. Como luz, Dios arde e ilumina para siempre, sin consumirme. ¿Qué logra con ello para sí? Nada. En este sentido, el Poder Divino es servicio para todo lo creado, no es auto glorificación de sí mismo.

No es casualidad que para definir el sentido de su vida y de su misión, Perón eligiera también la imagen de la luz, al decir a comienzos de su vida política, el 2 de diciembre de 1943, que él estaba dispuesto a “arder como una llama épica y sagrada para iluminar el camino de la victoria” (del pueblo). Estas mismas palabras las recordó poco tiempo antes de su fallecimiento, el 1 de mayo de 1974, mostrando la fidelidad que él mismo había guardado al juramento que había formulado en 1943. Perón iluminó la vida política argentina y el destino histórico del pueblo. Como es notorio, el sentido y el objetivo de la vida de Perón fue servicio total y absoluto al pueblo, y nada para sí mismo, excepto la satisfacción del deber cumplido.

Es por esto que el creador del justicialismo ha fundamentado el movimiento político por él creado sobre la base de “una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana profundamente humanista” (Verdad 14° del Justicialismo).

Fue la identificación doctrinal con el cristianismo que en sus años de gobierno, tanto Perón como Eva, dirigieran un mensaje al pueblo argentino en las vísperas de Nochebuena, resaltando, entre otras cosas, la alegría de la festividad cristiana con el compromiso justicialista de hacer que los niños argentinos aprendan a sonreír desde la infancia; que el triunfo contra la injusticia es la mejor prueba de que se está en el camino de Dios; que la dignificación del hombre es la victoria del Hombre, que es la esencia misma de Jesús; que esta victoria del Hombre se hace realidad concreta al acercar el amor y el alimento al mayor número de hermanos; que cualquiera sea el destino que tengamos como país, que “nuestra meta y nuestra primera preocupación sea, imitando humildemente a Cristo, el corazón del Hombre y el amor por el prójimo”; que “con los ojos puestos en Dios, brindemos por la Patria”; que al hacerse hombre, Dios fue recibido y cobijado por los humildes, no por los soberbios y los poderosos, razón por la cual “los humildes tienen un derecho absoluto y supremo sobre todas las Nochebuenas”; que la Nochebuena “es la noche de la humildad, la noche de la justicia”.

Hoy la Argentina está atravesando tiempos duros y difíciles, plagado de desencuentros y frustraciones que hunden sus raíces en la incapacidad que hemos tenido, como Nación, de revertir el sometimiento neocolonialista al que hemos sido sometidos desde el año 1976. Estamos viviendo horas difíciles, en las que parece que la soberbia se ha convertido en la actitud que pretende imperar sobre todo, a costa del dolor y del sufrimiento de los más débiles, y en las que la mediocridad parece haberse convertido en la “virtud” indolente de una dirigencia que no sabe encontrar el rumbo para mejor servir al pueblo. En estas horas, en vísperas de una nueva Navidad, nos parece importante volver a las palabras de Perón en su última Navidad en la tierra, para encontrar la luz y la guía que nos permitan defender nuestra dignidad y encontrar el camino para hacer realidad en nuestra Patria la Justicia y el Amor.

Argentinos:

Hoy, 24 de diciembre de 1973, no he querido dejar pasar la Nochebuena sin llegarles con un mensaje, no del Presidente de la Nación, sino de un hermano que anhela la felicidad de todos y trabaja sin descanso para lograrla.

El mundo vive horas inciertas. En todas las latitudes de la Tierra están sucediendo fenómenos nuevos cargados de peligros y amenazas, producto de la insensatez de los hombres y la aberración de los sistemas que ellos mismos han puesto en marcha.

Nuestro país anhela tomar otros caminos que lo alejen de las acechanzas de un destino incierto a que puede conducirnos una conducta semejante. Por ello ha cesado la lucha y hemos retomado la paz y el trabajo redentor. Debemos volver a la Constitución y a la ley, que es lo único que puede conducirnos a la libertad que deseamos y a la grandeza que anhelamos para nuestra Patria.

Ya no podemos pensar en pequeñez, hagamos triunfar al país, que cuando el país se realice, todos los argentinos tendrán oportunidad de realizarse. Nosotros queremos que las futuras generaciones de argentinos sepan sonreír desde la infancia, y eso sólo puede ser producto de la felicidad del pueblo, que todo lo merece. Luchar por esa felicidad y por la grandeza de la Patria es un deber irrenunciable de cada argentino.

Tenemos un país de una inmensa riqueza potencial, sólo nos queda realizarla, y para ello, lo único que necesitamos es paz y trabajo. Que la fuerza que nos mueva sea el amor en todas sus formas y que la Unidad Nacional y la solidaridad patriótica sean las piedras sillares en que asentemos el principio y el fin de nuestro destino.

La riqueza podrá ser poderosa, pero sin estabilidad social será extraordinariamente frágil. Por eso nosotros queremos dar al país una gran riqueza consolidada por un perfecto equilibrio social.

No se nos escapa que estos objetivos serán interferidos por los enemigos del orden, los agentes del odio y los intereses espurios. Pero si todo el pueblo decide luchar por ese destino, no habrá fuerza capaz de doblegar su empeño.

Confieso que mi mayor felicidad en estas fiestas es la de comprobar todos los días, en mi paso por las calles de la ciudad, esa alegría que no suele engañarme.

Sé que tenemos problemas, pero también sé que con el apoyo organizado del pueblo no hay problemas que no tengan solución. Los que aprendan a tener fe en el pueblo jamás llegarán a verse defraudados.

Doy gracias a Dios de que en mis últimos años me haya permitido hacer algo por lo que más quiero, mi Pueblo y mi Patria.

Entrando en el día del Redentor, de frente a mi Patria, deseo hacer llegar a todos los argentinos mis mejores deseos de felicidad y la paz necesaria que nos permita trabajar unidos y solidarios para una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.”

Juan Domingo Perón, Presidente de la Nación Argentina

24 de diciembre

                       

Política Del Sur
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