domingo 21 octubre, 2018

Dura homilía de Monseñor Jorge Lugones durante la Misa por la Paz Social realizada en Lomas de Zamora.

El obispo de Lomas de Zamora, Monseñor Jorge Lugones, encabezó la Misa por la Paz Social, realizada el viernes pasado en la Catedral lomense. Entre los presentes se destacó la figura del intendente de Almirante Brown, Mariano Cascallares, y representantes de otros distritos. El arco político quedó conformado por referentes políticos, sociales y gremiales, en su gran mayoría de la oposición al gobierno nacional.

Durante su homilía, el obispo ofreció un crudo panorama de la realidad social de nuestro país. A continuación, el texto completo de la homilía:

Nuestra Señora Madre y Reina de la Paz ha acompañado a nuestra Patria siempre y desde esta advocación, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, en que los argentinos vivían la confrontación interna entre hermanos, cuando las luchas intestinas asolaban nuestro suelo. Quiso la providencia que, en el Pueblo de la Paz, se levantara un templo bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz.

Hoy venimos a rezar y pedir a Dios la paz social en Argentina, venimos a pedirle que nos anime nuevamente al encuentro, al diálogo fecundo y renueve nuestra esperanza.

En el año del Bicentenario de la Patria, el Documento de los Obispos nos ayudaba a caminar como pueblo de Dios con una historia, compartiendo valores y proyectos que conforman un ideal de vida y convivencia. Comprometerse con el bien común es exponerse, descubrirse, comunicarse y encontrarse. Significa también dejar circular la vida, la simpatía, la ternura y el calor humano. Pero sabemos que la paz sólo la da Dios. Es una gracia del Espíritu Santo. Por esto hoy venimos a implorar la paz social.

Nos decía Francisco el año pasado: “El mundo nos enseña el camino de la paz con la anestesia: nos anestesia para no ver la otra realidad de la vida: la Cruz… Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación? -se preguntaba el Santo Padre-. Por nuestra parte, no: nosotros no somos capaces de hacer una paz que sea tranquilidad, una paz psicológica, una paz hecha por nosotros, porque las tribulaciones existen: quien tiene un dolor, quien una enfermedad, quien una muerte… existe. La paz que da Jesús es un regalo: es un don del Espíritu Santo. Y esta paz va en medio de las tribulaciones y va adelante. No es una especie de estoicismo, eso que hace el faquir: no. Es otra cosa”.

Hoy, como sociedad, experimentamos estas y otras tribulaciones. Nuestros hermanos más pobres son los que más sufren. Crece el número de desocupados no solamente por parte del Estado, sino también en el ámbito de empresas privadas; no sólo en el Conurbano, sino en el interior del país, como por ejemplo, en el norte de Salta.

En el documento “Felices los que trabajan por la paz”, los obispos decíamos: no se puede responsabilizar y estigmatizar a los pobres por ser tales. Ellos sufren de manera particular la violencia y son víctimas de robos y asesinatos, aunque no aparezcan de modo destacado en las noticias. Conviene ampliar la mirada y reconocer que también son violencia las situaciones de exclusión social, de privación de oportunidades, de hambre y de marginación, de precariedad laboral, de empobrecimiento estructural de muchos, que contrasta con la insultante ostentación de riqueza de parte de otros.

A estos escenarios violentos corremos el riesgo de habituarnos sin que nos duela el sufrimiento de los hermanos. Todo lo que atenta contra la dignidad de la vida humana es violación al proyecto de amor de Dios: la desnutrición infantil, gente durmiendo en la calle, hacinamiento y abuso, violencia doméstica, abandono del sistema educativo.

Todos deseamos la paz, vivir en paz, trabajar en paz… Sería bueno preguntarnos: ¿Es esta realidad un caldo de cultivo que propicie la paz?

Pedimos la paz para nuestras familias:

Señor, enséñanos a caminar nuevamente el sendero del diálogo, hablando a tiempo, y anímanos a recorrer la costosa ruta del encuentro, saliendo de nosotros mismos. Que sepamos perdonarnos en familia y recrearnos con el vínculo de la cercanía, disimulando los defectos, los errores e, incluso, las ofensas en bien de la unidad de la familia. Que no nos lastimemos más con la indiferencia, la murmuración o la competencia. Que sepamos corregir lo necesario, pero con cariño siempre. Que no prejuzguemos, sino más bien que oremos y ofrezcamos por el que se ha apartado del camino. Dios siempre nos da chance, la providencia crea y recrea las buenas oportunidades.

Pedimos a Dios por tu mediación, Madre, por la paz social en nuestra patria:

Sacudidos por el sombrío temor de la inseguridad y la oscuridad de la violencia que enceguece, mata y deja heridas abiertas, pedimos el consuelo de Dios. Líbranos del egoísmo de facción política que muchas veces esconde intereses espurios, genera enemistades y alienta los odios, más que generar ideas y propuestas posibles y distintas. Que construyamos en la diversidad a partir de lo que tenemos en común y siempre para el bien común.

Alcánzanos la paz, fruto de la justicia y la equidad, de la honestidad, librándonos del conformismo o el pesimismo derrotista de que “ya nada se puede hacer”.

María, mujer y madre, te pedimos por las madres solas, agobiadas por el peso de la cruz o de los años, estás sosteniéndolas con tu cuidado constante. Estás en vela con la madre joven que lucha con la oración y el deseo de salud para su niño enfermo. Te asomas con esperanza firme ante tantos rostros tallados por la injusticia. Ante la inequidad de la “justicia exprés”, frente a la desidia cansina y aletargada de los que no tienen “madrina” o ‘’padrino’’. No te asombra la fragilidad maltratada por la droga y la impunidad de los transas, sino que sigues encontrando “cireneos” que apuestan por cargar la vida crucificada. Danos luz y unión de voluntades para unirnos frente a las ambiciones nunca satisfechas del “capitalismo salvaje”, que quiere hacer de los pueblos empobrecidos esclavos a perpetuidad. Danos a todos el gusto de ser y sentirnos pueblo, pueblo con un Padre Dios y la ternura de una madre: María Santísima, cobijados por la bandera que flamea con la brisa de la esperanza e ilumina con el sol del amor. Madre, por tu intercesión se lo pedimos al Padre en nombre de tu Hijo Jesucristo, Señor de la historia, “Príncipe de la Paz”, y te confiamos nuestro deseo de crecer como hermanos, artesanos del encuentro y constructores de la paz.

Amén.

Monseñor Jorge R. Lugones S. J.

Obispo de la Diócesis de Lomas de Zamora

Febrero 2018

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